Cap. 6. Una historia natural de algunos profetas. De Jesús a Marx

Índice

1 La etapa heroica del cristianismo

2 De la tolerancia a la aniquilación

3 Bibliografía

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1 La etapa heroica del cristianismo


 El crecimiento del cristianismo fue paulatino durante el primer y segundo siglo de nuestra era. La situación era frágil ya que se alternaban los períodos de tranquilidad y aquellos otros de antagonismo y persecución oficial. El cristianismo no pasaba de ser un secta más en el imperio, sospechosa por su exclusividad, su misterio y su rechazo a rendir culto a los emperadores y sus dioses predilectos. 


Las masas estaban en contra del cristianismo, y a la vez éste crecía paradójicamente por el mismo rechazo de la mayoría. Este es un fenómeno que se ha dado muchas veces y que se seguirá dando en la historia: una minoría atacada pero que crece porque su misma marginalidad la hace atractiva para la gente que o no está conforme con el sistema o le agrada un poco de riesgo en sus elecciones privadas.


Los cristianos fueron perseguidos en varias oleadas entre los siglos I y IV. Estas persecuciones, como las de Nerón, Decio, Valeriano y Diocleciano, tuvieron motivos políticos, sociales y religiosos. A los cristianos se los consideraba una amenaza al orden público por negarse a practicar el culto imperial y a los dioses tradicionales. Los castigos incluían torturas, ejecuciones públicas (como crucifixión o ser arrojados a las fieras), confiscación de bienes y prohibición de reuniones. Las grandes persecuciones buscaban reafirmar la unidad y estabilidad del Imperio y no sólo se debieron a intolerancia religiosa, sino a la sospecha de que el cristianismo podría desestabilizar la sociedad y el poder del Estado.


El crecimiento de las pequeñas comunidades cristianas en el seno del Imperio muestra un proceso que se repetirá en otros ámbitos y en tiempos futuros. El humano se ve atraído por un núcleo de gente con ideas y que forma una gran célula autónoma. Esta atracción es instintiva y general, pero solo para una clase de personas que por alguna razón están insatisfechos con su medio. En la medida que estas células crecen y se multiplican cambian paulatinamente su sentido y personalidad hasta convertirse en un grupo dominante. 


A partir de aquí la adhesión ya es generalizada y proviene de toda clase de personas acomodaticias que ya les va bien sumarse al poder. En cambio las células que no logran agruparse en una entidad mayor duran solo un tiempo y terminan por languidecer y desaparecer sin dejar huella. Hasta que el fenómeno vuelve a repetirse al cabo de los años. 


El cristianismo, como movimiento global, tuvo suerte y terminó alcanzando el poder cuando un emperador, Constantino, llegó a la conclusión que le convenía apoyarse en aquellos que pertenecían a esta creencia. 


La conversión de Constantino al cristianismo se sitúa tradicionalmente en el año 312 d.C., justo antes de la decisiva batalla del Puente Milvio contra su rival Majencio. Según las fuentes antiguas, especialmente Eusebio de Cesarea y Lactancio, Constantino tuvo una visión sobrenatural: vio una cruz luminosa en el cielo acompañada de la inscripción “In hoc signo vinces” (“Con este signo vencerás”). Esa noche, Cristo se le apareció en sueños y le indicó que usara ese símbolo como protección en la batalla. Constantino ordenó entonces que el nuevo estandarte imperial, el lábaro, llevara el crismón (las primeras letras del nombre de Cristo en griego) y, tras la victoria, comenzó a favorecer abiertamente al cristianismo.


Sin embargo, su conversión fue un proceso gradual y complejo. Aunque desde entonces protegió a los cristianos y promovió su fe, Constantino no se bautizó hasta poco antes de morir, en 337 d.C.. Durante gran parte de su reinado, mantuvo una política religiosa pragmática, permitiendo la coexistencia de cultos tradicionales y cristianos, y utilizó símbolos tanto paganos como cristianos en su iconografía oficial.


Constantino cambió la correlación de fuerzas en el interior del imperio. Aunque él mantuvo la tolerancia hacia todas las religiones... en pocos años todo acabaría. 


2 De la tolerancia a la aniquilación


A principios del siglo IV, con la legalización del cristianismo por el Edicto de Milán (313), y especialmente tras convertirse en religión oficial del Imperio con el Edicto de Tesalónica (380), cambió radicalmente la relación de los cristianos con las religiones tradicionales.


Los emperadores cristianos, especialmente desde el reinado de Teodosio I, promulgaron leyes que prohibían los cultos paganos, cerraron templos y confiscaron sus bienes. El culto a los dioses fue declarado ilegal, y los rituales públicos —incluso domésticos— perseguidos como actos criminales. Los símbolos paganos fueron destruidos o reconvertidos en espacios cristianos.


Los cristianos veían a las antiguas religiones como supersticiones demoníacas y una amenaza para la salvación. Así, la persecución no fue solo administrativa, sino también con matices violentos, incluyendo la destrucción de templos y textos sagrados paganos.


Tomemos el ejemplo de San Agustín, un pensador católico de lo más reconocido por la profundidad de su pensamiento y experiencia religiosa:


San Agustín de Hipona (354-430) es una figura compleja en la historia del pensamiento cristiano, y su postura sobre la tolerancia e intolerancia ha sido objeto de debate tanto en su época como en la actualidad. Su evolución personal y doctrinal muestra un tránsito desde una actitud inicial más dialogante hacia una defensa, en su madurez, del uso de la coerción contra los herejes, especialmente en el contexto de las disputas con los donatistas.


Al principio de su vida como obispo, San Agustín defendía métodos pacíficos y creía que la persuasión y el debate racional eran los caminos adecuados para combatir la herejía, oponiéndose al uso de la fuerza. Sin embargo, con el tiempo (es decir con la consolidación del cristianismo como única religión oficial del imperio), y ante la persistencia y radicalización de los movimientos disidentes (como el donatismo), Agustín cambió de opinión y justificó el uso de la coerción estatal para reprimir la herejía, argumentando que era un “mal menor” necesario para salvar almas y preservar la unidad de la Iglesia.


La justificación de la coerción contra los herejes, por la razón o la fuerza, sirvió en siglos posteriores a la iglesia para perseguir a todos los disidentes, tanto políticos como religiosos. 


Por ejemplo, en la España del siglo XVI, tras el Concilio de Trento y en el contexto de las guerras de religión en Francia, se reactivó la persecución contra protestantes y otros herejes. Autores como el padre Ribadeneyra citaron extensamente a San Agustín para defender la necesidad de que el poder civil persiguiera la herejía y restringiera la libertad de conciencia, considerando la represión como un deber cristiano; la persecución “justa” de herejes y cismáticos. Contra el pensamiento predominante en todo el imperio romano se consideró, siguiendo a San Agustín, que tolerancia era inútil y que la coerción era necesaria para el bien común y la salvación de las almas; incluyendo la de los herejes. 


Por cierto que la falta de consideración hacia otros cultos se repitió hasta sus últimas consecuencias en la conquista del nuevo continente americano; es decir hacia las religiones prehispánicas e indígenas.


Las crónicas de la orden de los agustinos, del siglo XVII, muestran una visión profundamente negativa del mundo prehispánico, calificando sus creencias y costumbres como “demoníacas” y utilizando este estigma para justificar la evangelización y el reemplazo de las religiones autóctonas por el cristianismo. Los indígenas son tratados en estos relatos más como objetos de conversión que como sujetos con agencia, y sus antiguas prácticas religiosas son vistas como algo a erradicar. Este enfoque, compartido por otras órdenes, fue un factor central en la intolerancia religiosa del periodo colonial.


Y antes de dejar a San Agustín un pensamiento suyo:


"Dios quiere, lo mandó, lo predijo, comenzó ya a llevarlo a efecto, y en muchos lugares de la tierra ya lo ha realizado en parte: la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles." (1NEP, 17)


Pero volvamos a la antigüedad: desde el 312, siglo IV, que el cristianismo alcanzó la cima del poder imperial las libertades religiosas empezaron a deteriorarse, y llegado el 529, siglo VI, "se produjo el golpe final" (ib. 19). Ya se eliminó de la enseñanza a cualquiera que no hubiera sido bautizado y que aún estaba dominado por "la locura del paganismo".


Peor aún, si alguien bautizado volvía a sus viejas creencias paganas sería ejecutado. La Academia, "la más grande y más famosa escuela del mundo antiguo" tuvo que cerrar sus puertas luego de su historia que abarcaba casi un milenio.


Bandadas de barbudos saqueadores llenos de fé y fanatismo se dedicaron a demoler los templos paganos y a hacer trizas sus maravillosas estatuas de mármol. Ahora que nos sorprende y asquea ver a furiosos talibanes hacer saltar por el aire las grandes estatuas de Buda, patrimonio de la humanidad, ya hemos sepultado en el olvido que lo mismo, pero con mayor amplitud y aún más sistemático fue la furia destructora del cristianismo que recorrió a lo largo y a lo ancho todo el imperio incluyendo sus áreas limítrofes. 


"En el 407, se prohibieron las alegres y antiguas ceremonias. "No se permitirá en absoluto celebrar animados banquetes en honor a los ritos sacrílegos en lugares tan fúnebres ni ninguna ceremonia solemne" Si alguien declaraba ser un oficial a cargo de los festivales paganos sería ejecutado, decía la ley. Juan Crisóstomo observó con júbilo esta decadencia: "La tradición de los antepasados se ha destruido, costumbres profundamente arraigadas se han desbaratado, la tiranía de la alegría y las fiestas malditas se ha borrado como el humo"." (1NEP, 210)


Los padres de la Iglesia si viesen los grandes festivales que reúnen a la juventud, y a los maduros, en el mundo actual no solo se santiguarían sino que habrían concluido que el paganismo ha ganado y que el cristianismo está definitivamente muerto. Pero la Iglesia actual ya no piensa así, aunque me queda la duda de si ha cambiado realmente de doctrina o simplemente ha terminado aceptando lo que ya no puede controlar. 


Pero sí se puede observar en religiones comparativamente más jóvenes, como el Islam, que tales festivales son vistos con mucho recelo; y que en los países dónde la sharia está impuesta, tales manifestaciones están prohibidas. La alegría desenfrenada se lleva mal con la religión, en cambio ésta liga mucho mejor con el ascetismo y la seriedad en las costumbres. Quizá el Islam dentro de mil años se suavice también. 




3 BIBLIOGRAFÍA


1HDC Tom Holland Dominio. Una nueva historia del Cristianismo Ed. Atico de los Libros 2020 (The Making of the Western Mind 2019)


0CLD Javier Cercas El Loco de Dios en el Fin del Mundo Ed. Randon House 2025


1NEP Catherine Nixey La Edad de la Penumbra Ed. Taurus 2018 (The Darkening Age, 2017)

https://animasmundi.wordpress.com/2018/06/01/la-destruccion-del-mundo-antiguo-por-el-fanatismo-religioso/


056BjN Fernando Bermejo Rubio Jesús de Nazaret Akal 2023



AL CAPÍTULO 7...https://brigantinus.blogspot.com/2025/10/cap-7-una-historia-natural-de-algunos.html?view=flipcard


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