En el capítulo anterior hemos intentado comprender cómo una Iglesia consigue algo que, contemplado a escala histórica, resulta extraordinario: reproducir durante generaciones un mismo mundo religioso.
No basta para ello con conservar una doctrina ni con mantener una organización. Familia, parroquia, sacerdotes, escuela, sacramentos, calendario, fiestas, ritos de paso, memoria, comunidad y autoridad forman un entramado en el que cada elemento refuerza parcialmente a los demás. Precisamente esa redundancia ayuda a explicar la duración. Cuando uno de los mecanismos pierde eficacia, otros pueden continuar transmitiendo durante algún tiempo una parte del mismo mundo.
Pero semejante capacidad de reproducción puede inducirnos a una ilusión.
Lo que dura mucho tiempo acaba pareciéndonos permanente.
No lo es. Lo que existe también tiene historia
Cuando contemplamos una institución que ha sobrevivido durante siglos resulta fácil invertir inconscientemente el razonamiento. Puesto que ha sobrevivido hasta ahora, tendemos a imaginar que existe en ella alguna propiedad que garantiza su supervivencia.
Pero la historia no ofrece semejante garantía.
Una institución puede sobrevivir a persecuciones, guerras, revoluciones, cambios de régimen, transformaciones económicas y modificaciones profundas de la sociedad que la rodea. Eso demuestra que posee una extraordinaria capacidad de adaptación y reproducción. No demuestra que vaya a poseerla indefinidamente.
Lo mismo sucede con los mecanismos que acabamos de describir. Una familia puede transmitir una religión durante diez generaciones y dejar de hacerlo en la undécima. Una escuela puede reproducir eficazmente determinada concepción del mundo durante un siglo y perder después esa capacidad. Un ritual puede conservar durante generaciones un significado evidente para quienes participan en él y convertirse posteriormente en una costumbre cuyo significado original apenas conocen sus propios participantes.
No existe contradicción alguna.
Precisamente porque estamos estudiando fenómenos históricos, debemos aceptar que aquello que fue construido históricamente puede también transformarse históricamente.
Una fotografía engañosa
Al comienzo de esta investigación contemplamos el cristianismo actual.
Encontramos una gran Iglesia católica extendida por todo el planeta, un conjunto de Iglesias ortodoxas, numerosas familias nacidas directa o indirectamente de la Reforma, antiguas Iglesias orientales y multitud de movimientos cristianos surgidos posteriormente.
Era una fotografía.
Después intentamos averiguar cómo había llegado a formarse.
La investigación nos llevó entonces hacia atrás: conflictos doctrinales, diferencias políticas y culturales, rivalidades jurisdiccionales, cismas que llegaron a consolidarse y otros que terminaron siendo absorbidos, Iglesias que aprendieron a convivir con el poder político, otras que sobrevivieron a su hostilidad y comunidades capaces de transmitir durante generaciones una identidad religiosa.
Pero existe el peligro de que, después de reconstruir esa historia, volvamos a contemplar la fotografía inicial y la consideremos el resultado final del proceso.
No lo es.
Es solamente la fotografía que podemos obtener en nuestro tiempo.
Las Iglesias que existen actualmente son tan históricas como las que desaparecieron. Sus fronteras, dimensiones, relaciones, doctrinas, prácticas y formas de organización tampoco han llegado necesariamente a una configuración definitiva.
La historia que hemos reconstruido continúa después de la última página que podamos escribir.
España: cuando lo estable deja de parecerlo
No necesitamos buscar un caso extraordinario para comprobarlo.
Durante buena parte del siglo XX España podía parecer un ejemplo particularmente sólido de continuidad católica. Iglesia, familia, escuela, moral pública, rituales y Estado se encontraban estrechamente relacionados. El franquismo reforzó durante décadas aquella situación y el Concordato de 1953 institucionalizó una posición privilegiada de la Iglesia.
Pocas décadas después, aquella configuración había cambiado profundamente.
Sería fácil construir a partir de ahí una explicación demasiado sencilla: la Iglesia había colaborado con la dictadura y, desaparecida ésta, una sociedad modernizada le habría presentado la factura.
Pero los acontecimientos resultan bastante menos cómodos.
Durante los años sesenta la propia Iglesia española comenzó a distanciarse progresivamente del régimen. El Concilio Vaticano II introdujo además principios difícilmente compatibles con el nacionalcatolicismo: libertad religiosa, mayor autonomía entre Iglesia y poder político, colegialidad episcopal, protagonismo del laicado y aceptación creciente del pluralismo.
El cambio tampoco procedió únicamente de la jerarquía. Sectores del clero, movimientos católicos obreros y grupos de laicos habían comenzado antes de la muerte de Franco a desarrollar posiciones crecientemente independientes y, en ocasiones, abiertamente críticas con la dictadura.
Al mismo tiempo cambiaba España.
Industrialización, urbanización, emigración, turismo, expansión de la enseñanza, medios de comunicación y apertura al exterior modificaban rápidamente una sociedad que durante mucho tiempo había estado sometida a condiciones muy diferentes. A ello se añadió la transformación cultural internacional de los años sesenta, cuya expresión simbólica más conocida fue Mayo del 68 y cuya influencia resultó particularmente intensa sobre las generaciones jóvenes.
No necesitamos decidir aquí cuál de esos factores fue el decisivo.
Probablemente ésa sea incluso una pregunta mal planteada.
Lo importante para nuestra investigación es mucho más elemental: una configuración social que había parecido extraordinariamente sólida dejó de serlo.
El peligro de explicar demasiado
Podríamos intentar reconstruir el proceso pieza por pieza.
Podríamos buscar cuándo comenzó a disminuir el matrimonio religioso, cuándo los padres dejaron de bautizar a sus hijos, cuándo descendió la primera comunión, cuándo disminuyó la asistencia dominical, cuándo se redujeron las vocaciones sacerdotales, cuándo perdió eficacia la enseñanza religiosa o cuándo dejó la moral sexual de la Iglesia de regular efectivamente la conducta de una parte importante de la población.
Disponemos incluso de algunos datos que permiten observar descensos muy significativos.
Pero hacerlo nos introduciría en una investigación diferente.
Cada indicador presenta además problemas propios. El descenso de los matrimonios religiosos no puede interpretarse sin considerar simultáneamente los cambios legales y generales de la nupcialidad. El número de bautismos depende también de la natalidad. Las primeras comuniones corresponden a cohortes nacidas y bautizadas años antes. Las vocaciones responden a mecanismos diferentes de los que explican la asistencia dominical.
Buscar una fecha en la que «comenzó la secularización» produciría probablemente una precisión ficticia.
Tampoco necesitamos encontrarla.
Esta investigación no es una historia de la secularización española. España nos interesa solamente porque permite observar con particular claridad una propiedad mucho más general de los sistemas religiosos: su extraordinaria capacidad de reproducción no los convierte en permanentes.
Cambiar para continuar
Hay además una paradoja que merece nuestra atención.
Las instituciones no permanecen solamente resistiendo los cambios. Muchas veces permanecen porque ellas mismas cambian.
La historia del cristianismo que hemos recorrido está llena de esas transformaciones. Las Iglesias modificaron organizaciones, disciplinas, relaciones con los Estados, formas litúrgicas, mecanismos administrativos y maneras de presentarse ante sociedades diferentes.
El cambio puede ser precisamente una condición de supervivencia.
Pero ninguna institución controla completamente las consecuencias de sus propias adaptaciones.
El Concilio Vaticano II constituye un buen ejemplo. No fue convocado para secularizar las sociedades católicas ni para debilitar a la Iglesia. Pretendía afrontar un mundo que había cambiado profundamente y hacer posible una relación diferente entre la Iglesia y ese mundo.
Sin embargo, modificar una pieza de un sistema puede alterar las relaciones entre muchas otras.
Una Iglesia cambia para conservarse, pero aquello que emerge del cambio no tiene por qué ser exactamente aquello que pretendía conservar.
No estamos afirmando que Vaticano II causara la secularización española. Semejante explicación sería tan monocausal como la que atribuyera todo el proceso a la identificación anterior entre Iglesia y franquismo.
Estamos señalando algo diferente.
Las instituciones actúan dentro de ambientes que también cambian, y las consecuencias de la interacción entre ambos procesos nunca pueden conocerse por completo de antemano.
Consecuencias no previstas
Esta incertidumbre no constituye una excepción. Es una propiedad normal de los procesos históricos.
Una decisión destinada a fortalecer una institución puede debilitar alguno de sus componentes. Una reforma concebida para facilitar la adaptación puede producir consecuencias que nadie había previsto. Una práctica aparentemente marginal puede adquirir importancia. Una institución que parecía condenada a desaparecer puede encontrar una nueva función social.
Ya encontramos algo parecido al estudiar la Iglesia ortodoxa rusa.
Décadas de política antirreligiosa destruyeron o debilitaron buena parte de sus estructuras visibles, pero no consiguieron eliminar completamente la cultura, la memoria y las relaciones sociales que permitieron posteriormente su reconstrucción.
Ahora encontramos el movimiento contrario.
Una Iglesia puede disfrutar de libertad, disponer de edificios, sacerdotes, organizaciones, reconocimiento jurídico y recursos institucionales y, sin embargo, comprobar que determinados mecanismos mediante los cuales se reproducía socialmente pierden eficacia.
No existe una relación mecánica entre fortaleza institucional y vitalidad social.
Y tampoco existe una dirección histórica obligatoria.
La diversidad continúa
Esto nos devuelve finalmente al problema que dio título a este libro.
La diversidad cristiana que contemplamos hoy no es solamente el resultado de una larga historia de diferencias, conflictos, adaptaciones y separaciones.
Es también un proceso que continúa.
Algunas Iglesias disminuyen en territorios donde durante siglos parecieron inseparables de la sociedad y crecen en otros donde apenas tenían presencia. Comunidades antiguas se transforman. Aparecen movimientos nuevos. Se modifican relaciones entre Iglesias y Estados. Viejas diferencias pierden importancia y otras adquieren una intensidad inesperada.
No sabemos qué formas de cristianismo crecerán durante el próximo siglo.
No sabemos cuáles disminuirán.
No sabemos qué divisiones actuales continuarán pareciendo fundamentales ni cuáles resultarán secundarias para generaciones futuras. Tampoco sabemos qué conflictos todavía inexistentes producirán nuevas separaciones, qué movimientos hoy pequeños adquirirán dimensiones importantes o qué Iglesias encontrarán formas inesperadas de adaptación.
Y no saberlo no constituye una deficiencia de nuestra explicación.
Es precisamente una de sus conclusiones.
La historia no tiene obligación de informarnos anticipadamente de hacia dónde se dirige.
Ninguna permanencia es permanente
Durante siglos, determinadas configuraciones del cristianismo pudieron parecer naturales a quienes vivían dentro de ellas.
También nosotros corremos ese peligro.
Católicos, ortodoxos, luteranos, reformados, anglicanos, bautistas, metodistas, pentecostales y las muchas otras comunidades que forman actualmente el cristianismo mundial pueden parecernos las piezas de un mapa ya constituido.
Pero ese mapa continúa moviéndose.
Cada Iglesia intenta conservar algo recibido del pasado y, al hacerlo, selecciona, modifica, interpreta y transmite. Cada generación recibe un mundo que no es exactamente el de la anterior y entrega a la siguiente otro que tampoco será idéntico.
Algunas transformaciones son deliberadas. Otras son consecuencias imprevistas. Algunas fortalecen instituciones. Otras las debilitan. Algunas producen nuevas Iglesias y otras permiten que diferencias aparentemente irreconciliables terminen siendo toleradas dentro de una misma organización.
Por eso quizá debamos terminar este recorrido con una precaución.
Hemos utilizado la historia para explicar cómo apareció la diversidad cristiana que existe ante nuestros ojos. Pero sería contradictorio utilizar después esa misma historia para convertir el presente en algo permanente.
Nada de cuanto hemos estudiado autoriza esa conclusión.
Más bien sucede lo contrario.
La diversidad cristiana no es un resultado de la historia. Es un proceso histórico que continúa.
La fotografía con la que comenzamos esta investigación ya está envejeciendo mientras la contemplamos.
fin de Historia Natural de la Diversidad Cristiana.
Carolus Brigantinus Barbatus con la inapreciable colaboración de ADA, una versión de Inteligencia Artificial ChatGPT.
Agosto 2026