4 sept 2026

HISTORIA NATURAL DE LA DIVERSIDAD CRISTIANA. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 5. El mosaico del cristianismo contemporáneo

Cualquier observador neutral tiene que quedar estupefacto por la gran diversidad de cristianismos que conviven en nuestro mundo. Actualmente el cristianismo se ha expandido por los cinco continentes y se podría decir que no hay Estado que no albergue a cristianos en proporciones muy variables, pero siempre presentes. 


Por supuesto no es la única religión en el mundo, hay también otras importantes en número de creyentes, como el hinduísmo, o el budismo. Pero la cristiana se manifiesta con una ingente cantidad de iglesias que todas comparten la misma creencia básica, o se sienten unidas en el mensaje de Jesucristo. 


Ya hemos visto en los cuatro capítulos anteriores las principales ramas, por llamarlas de algún modo, que componen esta religión, y veremos en los próximos como se han ido formando en el transcurso de los siglos. 


Son muchos los fenómenos que han influido en su larga duración algunos internos, o endógenos y otros externos, o exógenos, que sumados han provocado tan dilatada extensión geográfica y temporal. 


Ya hemos examinado por separado algunas de las principales formas adoptadas por el cristianismo contemporáneo. Ahora podemos contemplarlas simultáneamente. El resultado no es simplemente una colección de Iglesias diferentes. Es algo bastante más interesante. 


A lo largo de su historia, el cristianismo ha desarrollado distintas maneras de conservar una identidad común mientras permitía grados extraordinariamente diferentes de autonomía, organización y diversidad. 


Antes de comenzar nuestra excavación hacia el pasado conviene, por tanto, detenernos por última vez en la superficie del yacimiento. ¿Qué clase de realidad histórica tenemos realmente ante nosotros? 


Y, por cierto, aún ni siquiera hemos mencionado algunas iglesias orientales de caracter no-ortodoxo, como son la Iglesia copta, la armenia, la siríaca, etíope, eritrea y malankara, y la Iglesia asiria de oriente. No tienen muchos fieles pero también merecen un lugar en nuestro estudio. 


Existen iglesias que están, por decirlo así, en la frontera del cristianismo, ya que aceptan la preeminencia de Jesús, pero con diferencias importantes respecto de los demás sacramentos. Nos referimos a los Testigos de Jehová y a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocidos por el nombre de “mormones”. 


Las antiguas Iglesias orientales 


Antes de comenzar nuestra excavación hacia el pasado conviene detenernos por última vez en la superficie del yacimiento. El mapa del cristianismo contemporáneo que hemos trazado hasta ahora todavía está incompleto. 


Junto a la Iglesia católica, las Iglesias ortodoxas y el inmenso universo protestante sobreviven algunas comunidades cristianas mucho más pequeñas, pero de extraordinario interés histórico. Se encuentran principalmente en Oriente Próximo, el Cáucaso, el nordeste de África y la India, aunque las migraciones modernas han extendido sus comunidades por Europa, América y otros continentes. 


Entre ellas se encuentran la Iglesia copta, la armenia, la siríaca, la etíope, la eritrea y la malankara, además de la Iglesia Asiria de Oriente. Su importancia para nuestro estudio es mucho mayor de lo que podría sugerir su número actual de fieles. 


Algunas de ellas representan las consecuencias todavía vivas de controversias que dividieron al cristianismo en los siglos V y VI, muchos siglos antes de la separación entre Roma y Constantinopla y más de un milenio antes de la Reforma protestante. 


No constituyen, sin embargo, una única familia. Para comprenderlas hay que remontarse a las grandes controversias sobre la naturaleza de Jesucristo que sacudieron al cristianismo antiguo. El problema de la naturaleza de Cristo 


Los primeros cristianos habían llegado progresivamente a atribuir a Jesús una condición divina, pero semejante afirmación planteaba problemas intelectuales de enorme complejidad. 


Si Jesús era verdaderamente Dios y al mismo tiempo había nacido, vivido y muerto como un ser humano, ¿cómo podían coexistir ambas realidades en una misma persona? La cuestión puede parecernos hoy excesivamente abstracta, pero para los cristianos de aquellos siglos afectaba al núcleo mismo de su religión. 


No se trataba simplemente de decidir cómo debía describirse a Jesús, sino de determinar quién había sido realmente aquel al que consideraban su salvador. 


El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, había abordado principalmente otro aspecto del problema. Frente a Arrio y sus seguidores, afirmó que el Hijo no era una criatura superior creada por Dios, sino que era de la misma sustancia que el Padre. Pero aquella decisión no resolvió todas las dificultades. 


Si Cristo era verdaderamente divino, seguía siendo necesario explicar cómo se relacionaban en él la divinidad y la humanidad. Durante el siglo siguiente aparecieron diferentes respuestas, desarrolladas además dentro de tradiciones teológicas distintas. 


En términos muy simplificados, la escuela vinculada a Antioquía tendía a distinguir con mayor intensidad lo humano y lo divino en Cristo, mientras que la tradición alejandrina insistía especialmente en su unidad. 


Aquellas diferencias acabarían produciendo las primeras grandes fracturas duraderas del cristianismo. Éfeso: la primera gran ruptura Uno de los protagonistas de la controversia fue Nestorio, patriarca de Constantinopla. 


El conflicto adquirió especial intensidad alrededor de la denominación que debía darse a María. Muchos cristianos la llamaban Theotokos, literalmente «la que da a luz a Dios», habitualmente traducido como «Madre de Dios». Nestorio consideraba que esa expresión podía inducir a confusión y prefería una formulación que distinguiera con mayor claridad la humanidad y la divinidad de Cristo. 

Pero sus adversarios, encabezados por Cirilo de Alejandría, consideraron que semejante distinción amenazaba la unidad misma de Cristo. El Concilio de Éfeso, reunido en 431, condenó a Nestorio y confirmó el uso de Theotokos.


 La controversia, sin embargo, no terminó con la condena. Las tradiciones cristianas desarrolladas al este del Imperio romano, especialmente dentro del Imperio persa, siguieron una evolución propia. 


De ellas procedería la que conocemos como Iglesia de Oriente. Durante mucho tiempo fue denominada «Iglesia nestoriana», pero el término resulta engañoso si se entiende como si simplemente hubiera conservado intacta la doctrina personal de Nestorio. Su tradición cristológica tuvo una evolución propia y más compleja. La Iglesia de Oriente alcanzó además una expansión extraordinaria. 


Desde Mesopotamia y Persia sus comunidades se extendieron por Asia Central y llegaron hasta la India y China. Durante algunos siglos existió, por tanto, un cristianismo asiático de enormes dimensiones que permanecía fuera de las estructuras eclesiásticas del Imperio romano. 


Sus descendientes actuales son mucho menos numerosos. Entre ellos destaca la Iglesia Asiria de Oriente, junto con la denominada Antigua Iglesia de Oriente. Su existencia constituye todavía hoy el recuerdo de aquella antiquísima expansión oriental del cristianismo. Pero Éfeso no puso fin a las disputas cristológicas. 


Apenas veinte años después se produciría una segunda fractura, mucho más importante por el número de Iglesias que todavía hoy proceden de ella. Calcedonia: dos naturalezas en un solo Cristo La cuestión continuaba siendo la misma: ¿cómo explicar que Cristo fuera simultáneamente humano y divino? 


Una respuesta extrema apareció asociada al monje Eutiques, al que se atribuyó la idea de que, después de la Encarnación, lo humano y lo divino habían quedado unidos de tal manera que podía hablarse de una sola naturaleza de Cristo. 


La polémica obligó a convocar un nuevo concilio en Calcedonia, cerca de Constantinopla, en el año 451. El Concilio de Calcedonia formuló una definición que pretendía mantener simultáneamente la plena divinidad y la plena humanidad de Cristo. Afirmó que debía reconocerse a Cristo en dos naturalezas, divina y humana, unidas en una sola persona, «sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación». 


La fórmula fue aceptada por Roma y Constantinopla y acabaría convirtiéndose en doctrina fundamental tanto de la futura Iglesia católica como de las futuras Iglesias ortodoxas bizantinas. Pero una parte considerable del cristianismo oriental no la aceptó. 


De esta negativa proceden las Iglesias que tradicionalmente fueron denominadas no calcedonianas y que actualmente suelen agruparse bajo el nombre de Iglesias Ortodoxas Orientales. La terminología puede producir cierta confusión. 


Estas Iglesias se llaman a sí mismas ortodoxas, pero no pertenecen a la familia de Iglesias ortodoxas que hemos estudiado anteriormente —griega, rusa, serbia, rumana, búlgara, etc.—. 


Son otra familia cristiana distinta, separada de aquellas desde el siglo V. Entre ellas se encuentran hoy la Iglesia Copta Ortodoxa, fundamentalmente egipcia; la Iglesia Apostólica Armenia; la Iglesia Ortodoxa Siríaca; la Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo; la Iglesia Ortodoxa Eritrea Tewahedo y la Iglesia Ortodoxa Siríaca Malankara, desarrollada en la India. 


¿Monofisitas o miafisitas?


 Durante siglos estas Iglesias fueron calificadas por sus adversarios como «monofisitas», es decir, partidarias de una sola naturaleza de Cristo. La denominación las relacionaba indirectamente con posiciones como la atribuida a Eutiques. 


Pero ellas mismas rechazan esa interpretación. No sostienen que la humanidad de Cristo desapareciera absorbida por su divinidad. Afirman que Cristo es plenamente humano y plenamente divino, pero prefieren expresar esa unión hablando de una naturaleza unificada del Verbo encarnado. 


Por ello suele utilizarse actualmente el término miafisita para describir su posición, distinguiéndola del monofisismo propiamente dicho. La diferencia entre las fórmulas puede resultar difícil de apreciar para un lector contemporáneo. 


Y no es extraño. 


Incluso después de siglos de controversias, las conversaciones ecuménicas modernas han permitido comprobar que algunas de las antiguas discrepancias pudieron agravarse por diferencias terminológicas, filosóficas y lingüísticas, además de por auténticas diferencias doctrinales. 


Esto no significa que las controversias fueran ficticias. Los participantes estaban convencidos de discutir cuestiones esenciales de la fe. Pero nos recuerda que las doctrinas religiosas no se formulan en el vacío. 


Las palabras griegas, siríacas, coptas o armenias no siempre expresaban exactamente los mismos matices, y detrás de las fórmulas teológicas existían también comunidades con historias, lenguas e instituciones diferentes. 


Teología, política y autonomía 


Las grandes controversias de los siglos V y VI no pueden explicarse únicamente por la teología. 


El cristianismo se había convertido ya en una enorme institución extendida por territorios muy diversos. Las grandes sedes episcopales competían entre sí por autoridad y prestigio. Alejandría defendía sus prerrogativas frente a Constantinopla; Antioquía poseía su propia tradición intelectual; Roma intervenía desde Occidente, y los emperadores trataban de conservar la unidad religiosa porque la división de la Iglesia podía convertirse también en un problema político. 


A esas rivalidades se añadían diferencias culturales y lingüísticas. Los cristianos de Egipto, Siria, Armenia o Etiopía no constituían simples reproducciones provinciales del cristianismo de Constantinopla. Poseían tradiciones propias que, con el paso del tiempo, desarrollarían liturgias, lenguas religiosas, jerarquías y formas particulares de organización. 


Por eso sería demasiado sencillo afirmar que las controversias cristológicas fueron solamente un pretexto para conseguir independencia política. Las diferencias teológicas eran reales y sus protagonistas las consideraban fundamentales. 


Pero también sería ingenuo imaginar que las decisiones conciliares se desarrollaban exclusivamente en el terreno abstracto de las ideas. Doctrina, poder, lengua, cultura e instituciones estaban estrechamente entrelazados. Cuando determinadas comunidades rechazaron las decisiones de Éfeso o Calcedonia, la discrepancia doctrinal acabó transformándose en separación institucional. 


Y una vez producida esa separación comenzaron a desarrollarse jerarquías independientes, tradiciones litúrgicas propias y memorias históricas diferentes. Lo que había comenzado como una controversia acerca de la naturaleza de Cristo terminó produciendo Iglesias capaces de sobrevivir durante más de quince siglos. Un cristianismo mucho más antiguo que sus divisiones medievales y modernas 


Podemos, por tanto, simplificar un panorama aparentemente confuso distinguiendo dos grandes separaciones. La primera se produjo alrededor de las controversias culminadas en Éfeso en 431 y dio origen a la tradición de la Iglesia de Oriente, de la que procede la actual Iglesia Asiria de Oriente. 


La segunda se produjo después de Calcedonia en 451 y dio lugar a las actuales Iglesias Ortodoxas Orientales: copta, armenia, siríaca, etíope, eritrea y malankara. Mientras tanto, las Iglesias que aceptaron Calcedonia permanecieron durante varios siglos dentro de la Iglesia imperial. 


Mucho más tarde, ese cristianismo calcedoniano se dividiría a su vez entre la Iglesia occidental vinculada a Roma y las Iglesias orientales de tradición bizantina. De ellas procederían respectivamente el catolicismo y las Iglesias ortodoxas que hemos estudiado anteriormente. 


El esquema histórico resulta así bastante más comprensible: 


Cristianismo antiguo Éfeso (431) Iglesia de Oriente Cristianismo antiguo Calcedonia (451) Iglesias Ortodoxas Orientales Cristianismo calcedoniano posterior separación entre Roma y Constantinopla catolicismo e Iglesias ortodoxas bizantinas 

Y todavía muchos siglos después, dentro del cristianismo occidental: Cristianismo latino Reforma del siglo XVI gran diversificación protestante 


Visto desde esta perspectiva, aparece una conclusión importante para nuestra investigación. La diversidad del cristianismo no comenzó con Lutero, ni siquiera con la separación entre Roma y Constantinopla. 


Cuando se produjeron esas grandes fracturas, el cristianismo llevaba ya muchos siglos generando diferencias doctrinales, culturales e institucionales. Las antiguas Iglesias orientales son especialmente valiosas porque constituyen verdaderos fósiles vivientes de aquellas primeras grandes bifurcaciones.


 No son restos arqueológicos inmóviles, naturalmente: han evolucionado durante quince siglos y continúan transformándose. Pero conservan hasta nuestros días las consecuencias institucionales de decisiones tomadas en los concilios del siglo V. Y nos proporcionan además una primera pista acerca del problema que ocupará buena parte de nuestra excavación histórica. 


Una controversia religiosa puede comenzar como una diferencia aparentemente sutil acerca de una palabra o una fórmula doctrinal. Pero cuando esa diferencia coincide con comunidades ya diferenciadas por su lengua, su territorio, sus dirigentes y sus tradiciones, puede convertirse en una frontera. 


Si la frontera perdura, aparecen instituciones propias; las instituciones generan tradiciones; y las tradiciones, transmitidas durante generaciones, terminan convirtiéndose en identidades religiosas distintas. 


De este modo, una controversia ocurrida hace más de mil quinientos años puede seguir siendo visible en el mapa religioso del siglo XXI. 


Quizá sea ésta una de las primeras reglas que podemos extraer de nuestra historia natural de la diversidad cristiana: las divisiones religiosas no sobreviven durante siglos solamente porque existan diferencias doctrinales; sobreviven cuando esas diferencias consiguen encarnarse en comunidades, instituciones y tradiciones capaces de reproducirse a sí mismas. 


Los Testigos de Jehová 


Existen también comunidades situadas en lo que podríamos llamar las fronteras del cristianismo. Se consideran cristianas y conceden a Jesucristo un lugar absolutamente central, pero se apartan de algunas de las doctrinas que durante siglos sirvieron para delimitar lo que las grandes Iglesias entendían por fe cristiana. 


Una de estas iglesias “fronterizas” es la mundialmente conocida Testigos de Jehová. Estamos habituados a verlos en nuestras calles de las principales ciudades, reunidos en pequeño grupo en torno a una mesa rectangular y con varios carteles alusivos a Jesucristo, o a frases extraídas de la Biblia, siempre dispuestos a contestar a los transeúntes que los interrogan. 


Se calcula que hay aproximadamente algo más de nueve millones de predicadores activos en todo el mundo organizados en alrededor de cien mil congregaciones y con presencia, afirman en doscientos cuarenta países y territorios. No es un número muy grande, pero sí son muy visibles y activos. 


En cuanto a si son cristianos, afirman que lo son, pero rechazan la doctrina de la Trinidad y no consideran a Jesucristo Dios en el mismo sentido que al Padre. Para ellos, Jehová es el único Dios todopoderoso y Jesús es su Hijo, un ser celestial subordinado a él. 


También consideran la Biblia como la palabra de Dios y la única autoridad para sus creencias. En este caso el valor que le dan a los textos bíblicos los hermana con otras iglesias protestantes. 


Sin embargo tienen algunas ideas muy específicas como que Jesús gobierna invisiblemente desde 1914 y que pronto llegará el fin del sistema actual (Armagedón), tras el cual Jehová establecerá su gobierno en la Tierra creando un paraíso para todos sus fieles. 


Otra idea específica es la de que solo un grupo limitado, los 144.000 ungidos, irá al cielo a gobernar con Cristo, mientras que el resto de los creyentes vivirá para siempre en una especie de paraíso terrenal. 


Algunas de estas concepciones tienen paralelos muy antiguos. El subordinacionismo de Cristo respecto del Padre, las expectativas de un fin próximo y la esperanza en un reino futuro sobre la Tierra estuvieron presentes, bajo formas diversas, en determinados sectores del cristianismo de los primeros siglos. 


Los Testigos de Jehová no proceden históricamente de aquellos grupos, pero han reconstruido, a partir de su propia lectura de la Biblia, concepciones que recuerdan algunas alternativas cristianas anteriores a la consolidación de la ortodoxia nicena.


 La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días 


El otro caso de Iglesia que podría encontrarse en el límite del cristianismo es ésta que también recibe el nombre de Iglesia de los Mormones, y que tiene como profeta a un hombre norteamericano, Joseph Smith Jr. nacido en el siglo XIX en Sharon, Vermont el 23 de diciembre de 1805 y asesinado en Carthage, Illinois el 27 de junio de 1844.


 El propio Smith cuenta que en 1820, con 14 años, tuvo una “Primera Visión” en la que Dios Padre y Jesucristo se le aparecieron. Luego, años después, en 1823, dijo haber recibido la visita del ángel Moroni, quien le indicó la ubicación de unas planchas de oro con escritos antiguos en una lengua desconocida. 


Traducidos al inglés por el propio Smith formaron el Libro de Mormón, publicado en 1830, que narra la historia de antiguos pobladores de América y una visita de Cristo resucitado a ellos. Ese mismo año fundó formalmente la “Iglesia de Cristo”, junto a seis seguidores, (rebautizada después como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días). 


Doctrinalmente, el movimiento se presenta a sí mismo no como una nueva iglesia sino como la restauración de la iglesia primitiva fundada por Jesús, que habría sufrido una “Gran Apostasía” tras la muerte de los apóstoles: pérdida de la autoridad sacerdotal y corrupción de doctrinas originales, incluida la Biblia misma.


Su Iglesia se basa en un canon abierto de cuatro textos: la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios (colección de revelaciones a Smith y sus sucesores) y la Perla de Gran Precio. Sostiene que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres seres distintos y separados, unidos perfectamente en propósito y voluntad, y no una única sustancia divina en el sentido definido por el cristianismo niceno. 


El Padre y el Hijo poseen cuerpos físicos glorificados, mientras que el Espíritu Santo es un ser espiritual Un detalle interesante es que Smith consideró que existe una “Revelación continua” por lo que Dios sigue revelándose a través de profetas vivos —el presidente de la Iglesia ostenta el título de “profeta, vidente y revelador”— lo que explica el canon abierto y las revelaciones progresivas de Smith y sus sucesores. 


Todavía más singular es su concepción del ser humano. Los seres humanos habrían existido espiritualmente antes de su nacimiento terrenal y su destino último puede ser la “exaltación”: alcanzar, mediante Cristo y dentro del plan establecido por Dios, una condición divina. 


Esta concepción introduce una relación entre Dios y la humanidad muy diferente de la establecida por la teología cristiana tradicional. Los Artículos de Fe (1842), escritos por Smith, resumen en 13 puntos las creencias básicas: fe en Cristo, arrepentimiento, bautismo, imposición de manos para el Espíritu Santo, dones espirituales, y la aceptación de la Biblia “en cuanto esté traducida correctamente” junto al Libro de Mormón como palabra de Dios. 


Los Santos de los Últimos Días se consideran inequívocamente cristianos: Cristo es para ellos Señor, Salvador y Redentor. Pero las Iglesias católica, ortodoxas y prácticamente todas las grandes tradiciones protestantes los sitúan fuera del cristianismo doctrinal histórico porque no aceptan la Trinidad nicena y añaden nuevas escrituras y revelaciones. 


La propia Iglesia mormona reconoce explícitamente que su concepción de Padre, Hijo y Espíritu Santo difiere de la Trinidad del cristianismo tradicional. Frente a los aproximadamente 9,2 millones de Testigos activos, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días declara 17.887.212 miembros al cierre de 2025, 


En cuanto a su crecimiento actual en EEUU lleva años estancado pero en África crece a un 12% anual, Oceanía al 3,7% y Europa y Sudamérica rondan el 3%. El caso de los Testigos de Jehová y, todavía con mayor claridad, el de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos conduce así a un problema más general: ¿dónde terminan las fronteras de una religión? 


No existe una respuesta enteramente objetiva. 


Si consideramos cristiana a toda comunidad que se reconoce seguidora de Jesucristo y organiza alrededor de él sus creencias fundamentales, ambos movimientos pertenecen al cristianismo. 


Si, por el contrario, utilizamos como criterio las doctrinas establecidas por las grandes Iglesias históricas y, particularmente, la formulación trinitaria de los concilios de Nicea y Constantinopla, ambos quedan fuera de sus límites. 


Desde una perspectiva histórica quizá resulte más útil hablar de cristianismos de frontera. Son movimientos nacidos dentro del universo cultural cristiano, construidos en diálogo con la Biblia y con la tradición cristiana y que conceden a Jesucristo una posición absolutamente central, pero que han reconstruido elementos fundamentales de esa tradición hasta producir sistemas religiosos considerablemente alejados del cristianismo histórico mayoritario.


 Las religiones, como tantas otras realidades históricas, poseen un centro relativamente fácil de reconocer y unas periferias mucho más difíciles de delimitar. Sus fronteras no están trazadas de una vez para siempre: son también producto de la historia. Un mosaico difícil de delimitar 


Llegados a este punto podemos volver a la pregunta con la que comenzábamos este capítulo. ¿Qué es exactamente el cristianismo contemporáneo? La respuesta resulta bastante menos sencilla de lo que pudiera parecer. 


No existe hoy una única institución que pueda representar al conjunto de los cristianos, ni una autoridad reconocida por todos ellos, ni siquiera una formulación doctrinal aceptada universalmente. Existe, en cambio, una enorme constelación de iglesias, denominaciones y comunidades que se reconocen de algún modo vinculadas a Jesucristo y a una tradición religiosa nacida hace aproximadamente dos mil años. 


En el centro de ese mosaico encontramos grandes tradiciones históricas relativamente fáciles de reconocer: la Iglesia católica, las Iglesias ortodoxas y las numerosas familias surgidas de la Reforma protestante. 


Alrededor de ellas aparecen otras comunidades más difíciles de clasificar, algunas nacidas de nuevas interpretaciones de la Biblia, otras de movimientos de renovación religiosa y otras, finalmente, de nuevas revelaciones que afirman restaurar un cristianismo perdido. 


Cuanto más nos alejamos del centro, más difícil resulta determinar dónde termina el cristianismo y comienza una religión diferente. Pero quizá esta dificultad no sea un inconveniente para nuestra investigación, sino precisamente uno de los fenómenos que debemos explicar. 


Las religiones no son objetos inmóviles que atraviesan intactos los siglos. Son tradiciones históricas transmitidas por seres humanos, interpretadas continuamente por comunidades diferentes y transformadas al enfrentarse con sociedades, culturas y circunstancias nuevas. 


Por eso el cristianismo que contemplamos actualmente no puede entenderse como el simple desarrollo de una doctrina establecida definitivamente en sus comienzos. Es el resultado acumulado de innumerables procesos históricos: conflictos doctrinales, separaciones políticas, reformas religiosas, migraciones, expansiones misioneras, transformaciones sociales, rivalidades institucionales y nuevas interpretaciones de antiguos textos. 


Y aparece entonces una cuestión inevitable. ¿Cómo pudo un pequeño movimiento religioso nacido en el judaísmo palestino del siglo I convertirse, después de dos mil años, en esta extraordinaria diversidad de iglesias? 


Responder a esa pregunta exige invertir ahora nuestra mirada. Hasta aquí hemos observado el resultado. A partir de ahora tendremos que excavar sus estratos. 


Habrá que retroceder en el tiempo, identificar las grandes bifurcaciones y descubrir en qué circunstancias fueron apareciendo las diferencias que terminaron formando el mosaico contemporáneo. Nuestro recorrido por el presente termina aquí. Comienza ahora su historia. 


Carolus Brigantinus Barbatus 


Agosto 2026


HISTORIA NATURAL DE LA DIVERSIDAD CRISTIANA. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 5. El mosaico del cristianismo contemporáneo

Cualquier observador neutral tiene que quedar estupefacto por la gran diversidad de cristianismos que conviven en nuestro mundo. Actualmente...