¿Fue Jesucristo propietario de algo?
La pregunta puede parecernos hoy casi extravagante. Sin embargo, en el siglo XIV podía poner en dificultades al Papa, dividir a una de las órdenes religiosas más importantes de la cristiandad y mezclarse con el enfrentamiento entre el pontífice y el emperador.
Y, sin embargo, no hubo cisma.
Los franciscanos siguieron siendo franciscanos y la orden continuó formando parte de la Iglesia católica.
Eso es precisamente lo que nos interesa.
No vamos a reconstruir aquí con detalle una complejísima controversia medieval. Nuestro problema es otro: ¿cómo consigue una organización absorber una contradicción interna que contiene aparentemente muchos de los elementos necesarios para provocar una ruptura?
El caso resulta especialmente interesante después de lo que hemos visto en los capítulos anteriores. El Gran Cisma terminó separando dos grandes tradiciones cristianas. La Querella de las Investiduras produjo un enfrentamiento extraordinariamente violento entre papado e Imperio, pero acabó siendo absorbida mediante una fórmula de acomodación. La Reforma, en cambio, comenzó como una protesta dentro de la Iglesia occidental y terminó creando organizaciones religiosas capaces de sobrevivir independientemente de Roma.
Ahora podemos formular la pregunta en sentido contrario:
¿Por qué no se separan quienes parecen tener motivos suficientes para hacerlo?
Una contradicción nacida del éxito
Francisco de Asís había fundado a comienzos del siglo XIII un movimiento cuya identidad estaba íntimamente vinculada con la pobreza.
La idea no era simplemente que el religioso debía vivir con moderación. La pobreza constituía una forma de imitación de Cristo y de los apóstoles. Renunciar a la propiedad significaba acercarse a la forma de vida que, según esta interpretación, había caracterizado al propio Jesús.
Mientras el movimiento fue pequeño, esa aspiración podía parecer relativamente sencilla. Pero el franciscanismo tuvo un éxito extraordinario.
En pocas décadas dejó de ser un pequeño grupo reunido alrededor de Francisco para convertirse en una enorme orden religiosa extendida por buena parte de la cristiandad. Había conventos, iglesias, bibliotecas, escuelas y centros de estudio; había que alimentar a miles de frailes, mantener edificios, administrar donaciones y organizar una institución internacional.
El éxito produjo así una paradoja.
¿Cómo podía mantenerse absolutamente pobre una organización que había crecido precisamente porque había tenido éxito?
Una persona podía renunciar a sus propiedades. Mucho más difícil era que lo hicieran miles de personas organizadas permanentemente.
La contradicción no era simplemente económica. Afectaba a la identidad misma de la orden.
Si los franciscanos poseían bienes, ¿seguían siendo fieles al ideal de Francisco?
Y si Cristo y los apóstoles habían vivido sin propiedad alguna, ¿podía la Iglesia —una de las mayores propietarias de tierras y riquezas de Europa— considerar aquella pobreza absoluta como el modelo perfecto de vida cristiana?
La pregunta aparentemente absurda con la que comenzábamos el capítulo empezaba a ser peligrosa.
Una solución ingeniosa
Durante un tiempo se encontró una fórmula que permitía mantener simultáneamente la pobreza franciscana y la existencia material de la orden.
Los franciscanos podían utilizar bienes sin ser jurídicamente sus propietarios. La propiedad quedaba atribuida formalmente a la Iglesia romana.
Era una solución jurídica ingeniosa.
El fraile utilizaba el convento, los libros, los alimentos o los objetos necesarios para su vida cotidiana, pero podía seguir afirmando que personalmente —e incluso como orden— no poseía nada.
El problema parecía resuelto.
Pero las soluciones institucionales tienen con frecuencia consecuencias inesperadas. Aquella fórmula no eliminaba la contradicción; simplemente permitía administrarla.
Dentro del franciscanismo fueron apareciendo interpretaciones diferentes sobre hasta dónde debía llevarse la pobreza. Para algunos frailes, cualquier relajamiento traicionaba el proyecto original de Francisco. Otros consideraban imposible mantener literalmente las condiciones de los primeros años en una organización que se había convertido en una de las grandes órdenes de la Iglesia.
La disputa fue creciendo hasta alcanzar una cuestión mucho más delicada:
¿Cristo y los apóstoles habían poseído bienes?
Ya no se discutía únicamente cómo debían vivir los franciscanos.
Se discutía qué había significado realmente seguir a Cristo.
Perusa: la controversia se hace explosiva
En 1322 el capítulo general franciscano reunido en Perusa, bajo la dirección de Michele da Cesena, sostuvo como verdadera y católica la doctrina según la cual Cristo y los apóstoles no habían poseído bienes ni individualmente ni en común.
Juan XXII reaccionó.
El Papa no estaba dispuesto a aceptar sin más las consecuencias de aquella afirmación. A través de varias decretales modificó el sistema jurídico que permitía a la orden utilizar bienes cuya propiedad era atribuida a la Santa Sede y terminó rechazando la tesis de que Cristo y los apóstoles hubieran carecido absolutamente de propiedad.
Una discusión sobre la pobreza había pasado así a convertirse en un conflicto sobre la autoridad.
¿Quién tenía derecho a decidir cuál había sido la auténtica pobreza de Cristo?
¿Podía un capítulo general franciscano declarar verdadera una doctrina que el Papa consideraba errónea? Y todavía podía formularse una pregunta más incómoda:
¿qué ocurría si era el propio Papa quien se equivocaba? Algunos franciscanos llegaron precisamente a esa conclusión.
Aquí el conflicto adquirió una gravedad excepcional. Ya no se trataba de religiosos que discutían una norma disciplinaria. Había frailes que sostenían que el pontífice había caído en error al pronunciarse sobre una cuestión que ellos consideraban fundamental para la fe cristiana.
Michele da Cesena, ministro general de la orden, terminó enfrentándose abiertamente con Juan XXII.
La posibilidad de una ruptura empezaba a ser perfectamente imaginable.
Y apareció el emperador
El conflicto religioso coincidió, además, con otro enfrentamiento.
Juan XXII mantenía una dura disputa con Luis IV de Baviera por la autoridad imperial. El emperador había sido excomulgado y tenía razones evidentes para apoyar a todos aquellos que pudieran debilitar al pontífice.
Algunos dirigentes franciscanos enfrentados con Juan XXII encontraron protección junto al emperador.
La situación comienza entonces a parecernos extraordinariamente familiar.
Tenemos una doctrina capaz de movilizar seguidores.
Tenemos dirigentes prestigiosos.Tenemos una organización internacional.
Tenemos un Papa que condena determinadas posiciones.
Tenemos franciscanos que llegan a considerar erróneo al propio pontífice. Tenemos excomuniones y huidas.
Tenemos, además, una autoridad política poderosa dispuesta a proteger a los disidentes.
Incluso apareció un antipapa apoyado por Luis de Baviera.
Después de estudiar la Reforma resulta difícil no reconocer algunos ingredientes.
Lutero también había sido condenado. También encontró protección política. También su conflicto religioso se mezcló con intereses territoriales y políticos. Y vimos que aquella protección permitió que una disidencia que podía haber sido eliminada se transformara progresivamente en una organización capaz de reproducirse independientemente de Roma.
Aquí, aparentemente, encontramos algo semejante.
Pero el resultado fue completamente diferente.
No nació una Iglesia franciscana independiente. Lo verdaderamente extraño es que no hubiera cisma
La Iglesia como hogar
Lo verdaderamente extraño es que no hubiera cisma
Ése es el punto en el que debemos detener la narración histórica.
Podríamos continuar durante muchas páginas siguiendo las disputas entre Juan XXII, Michele da Cesena, Guillermo de Ockham, Luis de Baviera y las diferentes corrientes franciscanas. Pero no es eso lo que estamos investigando.
Ya tenemos lo que necesitamos.
Una organización religiosa extraordinariamente poderosa sufrió una crisis doctrinal que afectaba a su propia identidad; algunos de sus principales dirigentes se enfrentaron al Papa; apareció protección política exterior y una parte de los disidentes llegó a negar la legitimidad de la autoridad que los condenaba.
Parecería un terreno extraordinariamente fértil para un cisma.
Sin embargo, la orden sobrevivió dentro de la Iglesia.
¿Por qué?
Lo verdaderamente extraño es que no hubiera cisma
Ése es el punto en el que debemos detener la narración histórica.
Podríamos continuar durante muchas páginas siguiendo las disputas entre Juan XXII, Michele da Cesena, Guillermo de Ockham, Luis de Baviera y las diferentes corrientes franciscanas. Pero no es eso lo que estamos investigando.
Ya tenemos lo que necesitamos.
Una organización religiosa extraordinariamente poderosa sufrió una crisis doctrinal que afectaba a su propia identidad; algunos de sus principales dirigentes se enfrentaron al Papa; apareció protección política exterior y una parte de los disidentes llegó a negar la legitimidad de la autoridad que los condenaba.
Parecería un terreno extraordinariamente fértil para un cisma.
Sin embargo, la orden sobrevivió dentro de la Iglesia.
¿Por qué?
La Iglesia como hogar
Quizá para comprenderlo tengamos que abandonar por un momento las doctrinas, las decretales, las excomuniones y hasta las relaciones entre el Papa y el emperador.
Para un cristiano medieval la Iglesia no era solamente el lugar donde se practicaba una religión. Tampoco era una organización a la que se pertenecía voluntariamente del mismo modo que hoy se puede pertenecer a una asociación y abandonarla cuando se discrepa de sus dirigentes.
La Iglesia era mucho más.
Era el espacio social dentro del cual transcurría la existencia.
Se nacía entrando en ella mediante el bautismo y se moría dentro de ella. Sus campanas dividían las horas del día; sus fiestas ordenaban el año; sus ceremonias acompañaban el nacimiento, el matrimonio y la muerte; sus cementerios acogían a los antepasados. Iglesias, monasterios, ermitas y santuarios formaban parte del paisaje cotidiano. La religión proporcionaba además buena parte del lenguaje mediante el cual se interpretaban la desgracia, la culpa, la enfermedad, la muerte y la esperanza.
En ese sentido podríamos utilizar una comparación sencilla.
La Iglesia era también un hogar.
No porque dentro de ese hogar reinara siempre la armonía. En los hogares también existen conflictos, enfrentamientos e incluso luchas por la autoridad. Pero una cosa es enfrentarse con quienes gobiernan la casa y otra muy distinta dejar de considerar aquella casa como propia.
Quizá eso ayude a comprender mejor el conflicto franciscano.
Los franciscanos podían discrepar del Papa. Algunos podían incluso considerar que Juan XXII se equivocaba gravemente. Podían acusarlo de traicionar el ideal evangélico de pobreza y llegar hasta la desobediencia.
Pero todo ello no significaba necesariamente que hubieran dejado de sentirse miembros de la Iglesia.
Aquí aparece una distinción importante:
rebelarse contra la autoridad no equivale necesariamente a abandonar la comunidad.
Y eso modifica nuestra manera de plantear el problema.
Hasta ahora hemos prestado mucha atención a las condiciones materiales que permiten sobrevivir a una disidencia: dirigentes, organización, recursos, protección política y territorio. Todas ellas son necesarias para comprender por qué unas rupturas prosperan y otras desaparecen.
Pero quizá nos faltaba una condición anterior.
Para abandonar una organización no basta con enfrentarse a sus dirigentes. Hay que poder imaginarse viviendo fuera de ella.
Salir de una Iglesia
Vista desde nuestro mundo contemporáneo, esta dificultad puede pasar inadvertida.
Estamos acostumbrados a sociedades en las que una persona puede abandonar una Iglesia, ingresar en otra o simplemente prescindir de toda pertenencia religiosa sin abandonar por ello la sociedad en la que vive.
No ocurría lo mismo en la Europa medieval.
La Iglesia y la sociedad se encontraban entrelazadas hasta un grado que hace difícil aplicar nuestras categorías actuales. Abandonar la Iglesia no significaba simplemente cambiar de opinión sobre una doctrina. Podía significar quedar fuera de los sacramentos, de la comunidad religiosa reconocida y, en determinadas circunstancias, también de una parte fundamental del orden social.
Por eso la capacidad de una organización para conservar a sus disidentes no depende únicamente de su capacidad para castigarlos.
Depende también de algo mucho más profundo: de que quienes se rebelan continúen considerando aquella organización como su lugar natural de pertenencia.
La coerción puede explicar por qué alguien no puede marcharse.
La pertenencia ayuda a explicar por qué muchos ni siquiera desean hacerlo.
No destruir al revolucionario, sino conservar su revolución
La Iglesia disponía además de otra posibilidad.
No tenía necesariamente que elegir entre aceptar íntegramente una corriente disidente o expulsarla íntegramente.
Podía separar unas cosas de otras.
Podía condenar determinadas proposiciones y aceptar otras; sancionar a algunos dirigentes y conservar a sus seguidores; permitir distintas interpretaciones dentro de ciertos límites; modificar las reglas; negociar prácticas; esperar a que desaparecieran determinados protagonistas.
En definitiva, podía intentar fragmentar la disidencia sin fragmentarse ella misma.
El franciscanismo constituye un ejemplo extraordinario.
El conflicto sobre la pobreza no terminó con la desaparición de los franciscanos. Tampoco con la creación de una Iglesia franciscana rival. El ideal de Francisco continuó existiendo dentro de la Iglesia, aunque sometido a interpretaciones, regulaciones y conflictos sucesivos.
La institución había conseguido algo mucho más eficaz que eliminar una disidencia.
Había conseguido conservar dentro de sus fronteras buena parte de aquello que había producido la disidencia.
Ésta puede ser una de las capacidades fundamentales de las organizaciones de larga duración.
No sobreviven porque sean inmóviles.
Sobreviven porque pueden cambiar sin reconocer necesariamente que han cambiado; incorporar algunas demandas de sus críticos mientras rechazan otras; sustituir dirigentes; reinterpretar tradiciones y permitir que movimientos inicialmente perturbadores encuentren finalmente un lugar dentro de la organización.
¿Por qué Lutero sí pudo marcharse? La comparación con la Reforma resulta ahora inevitable.
Lutero también comenzó dentro del hogar.
No apareció en 1517 anunciando la fundación de una nueva Iglesia. Era fraile, sacerdote y profesor de teología. Su protesta tenía sentido precisamente porque se dirigía contra una Iglesia que consideraba suya.
Pero en algún momento se produjo una transformación. La ruptura dejó de significar necesariamente quedarse sin hogar.
Los territorios que aceptaron la Reforma comenzaron a proporcionar las instituciones necesarias para desarrollar una vida cristiana completa fuera de la obediencia romana. Hubo iglesias, pastores, predicación, sacramentos, catecismos, universidades, autoridades políticas protectoras y comunidades enteras que pasaron conjuntamente a la nueva confesión.
No sólo apareció una doctrina alternativa. Apareció progresivamente otro hogar.
Eso modifica la interpretación que habíamos obtenido en el capítulo anterior.
La protección de los príncipes fue decisiva, pero no únicamente porque impidiera que Lutero fuera eliminado. Permitió algo históricamente mucho más importante: que comunidades enteras pudieran reproducir su existencia religiosa fuera de las instituciones controladas por Roma.
Los franciscanos radicales tuvieron protectores. Pero no consiguieron construir un mundo cristiano alternativo suficientemente amplio y estable.
Una frontera invisible
Quizá podamos formular ahora de otra manera el problema que venimos persiguiendo desde el comienzo de esta Segunda Parte.
Una diferencia doctrinal no produce necesariamente una división.
Tampoco la produce necesariamente un conflicto gravísimo.
Ni siquiera bastan las condenas, las excomuniones o la intervención del poder político.
Para que aparezca una nueva Iglesia tiene que producirse algo más profundo.
Los disidentes deben dejar de considerar imprescindible la pertenencia a la organización de origen y, al mismo tiempo, disponer de una organización alternativa capaz de proporcionar una nueva pertenencia.
Podríamos expresarlo de manera muy sencilla: el cisma se vuelve posible cuando abandonar el viejo hogar deja de significar quedarse sin hogar.
Esto nos permite mirar de nuevo los casos anteriores.
Oriente y Occidente pudieron separarse porque, cuando llegó la ruptura definitiva, ambos poseían desde hacía siglos estructuras eclesiásticas capaces de reproducirse independientemente.
La Querella de las Investiduras enfrentó violentamente al Papa y al emperador, pero ninguno pretendía construir un cristianismo occidental separado del otro.
La Reforma consiguió arraigar allí donde la disidencia pudo territorializarse, institucionalizarse y proporcionar una vida religiosa alternativa.
Y ahora el conflicto franciscano nos muestra el caso contrario: incluso una rebelión extraordinariamente grave puede ser absorbida cuando la mayor parte de quienes participan en ella continúa considerando que su lugar está dentro de la Iglesia.
Una organización que aprende a convivir con sus contradicciones
Esto nos devuelve finalmente a nuestra pregunta inicial.
¿Fue Jesucristo propietario de algo?
Después de todo el recorrido podemos comprender por qué una cuestión que hoy parece tan remota pudo desencadenar semejante conflicto.
Pero también podemos comprender por qué lo verdaderamente importante para nuestra investigación no es decidir quién tenía razón.
Lo que nos interesa es que aquella disputa puso a prueba la capacidad de una organización para convivir con una contradicción interna potencialmente explosiva.
Y sobrevivió.
La historia de la Iglesia está llena de disidentes, reformadores, herejes, órdenes religiosas, movimientos espirituales y corrientes teológicas que cuestionaron en mayor o menor medida las formas establecidas de autoridad.
Algunos terminaron fuera. Muchos otros permanecieron dentro.
Por eso quizá la pregunta con la que debemos cerrar este capítulo sea exactamente la contraria de aquella con la que comenzamos nuestra investigación sobre los cismas.
No sólo debemos preguntar: ¿por qué se marchan quienes discrepan?
Debemos preguntar también: ¿por qué permanecen quienes discrepan profundamente?
La respuesta provisional que nos ofrece el caso franciscano es que una organización de larga duración no permanece unida porque consiga eliminar sus contradicciones.
Permanece unida porque desarrolla mecanismos capaces de procesarlas, aislarlas, reinterpretarlas o incorporarlas sin que todas ellas se conviertan en fronteras institucionales.
Pero quizá exista además una condición todavía más elemental.
Para millones de personas, durante siglos, la Iglesia no fue únicamente una institución. Fue su hogar.
Y abandonar una institución puede ser difícil.
Abandonar el propio hogar lo es mucho más.
Carolus Brigantinus Barbatus
Agosto 2026