17 sept 2026

HISTORIA NATURAL DE LA DIVERSIDAD CRISTIANA. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 10. Una Iglesia que sobrevivió a todos sus Estados

Hay instituciones cuya duración resulta difícil de explicar.


Gobiernos, dinastías, imperios, sistemas económicos e ideologías nacen, alcanzan su apogeo y desaparecen. Algunas organizaciones religiosas, en cambio, atraviesan durante siglos transformaciones políticas extraordinarias y continúan existiendo cuando ya han desaparecido prácticamente todas las instituciones que constituían su entorno original.


La Iglesia ortodoxa rusa constituye un caso especialmente interesante.


Su historia podría llenar varios volúmenes y no es nuestra intención resumirla aquí. Tampoco pretendemos estudiar exhaustivamente las relaciones entre la Iglesia y el Estado ruso. Nos interesa una cuestión mucho más concreta:


¿Cómo consigue una organización religiosa sobrevivir cuando cambia radicalmente el sistema político dentro del cual debe existir?


La pregunta adquiere especial interés en el caso ruso porque la Iglesia no sobrevivió manteniendo siempre la misma relación con el poder. Conoció príncipes, zares y emperadores; estuvo estrechamente asociada a la autocracia; perdió durante casi dos siglos incluso la institución patriarcal que hoy parece caracterizarla; sufrió después una revolución explícitamente antirreligiosa; fue perseguida por el Estado soviético; parcialmente rehabilitada por ese mismo Estado cuando resultó útil; nuevamente hostigada; tolerada después; y finalmente recuperó una extraordinaria presencia pública tras la desaparición de la Unión Soviética.


Cambió el Estado. Cambió el régimen. Cambió la ideología oficial. Cambió profundamente la relación entre religión y poder.


Pero la Iglesia sobrevivió. Ése es el hecho que queremos explicar.


De Bizancio a Moscú


El cristianismo llegó a la Rus de Kiev desde Constantinopla. Tradicionalmente se sitúa en el año 988 la conversión del príncipe Vladímir y la cristianización de su territorio. La fecha tiene mucho de símbolo fundacional, pero señala adecuadamente algo que nos interesa: el cristianismo ruso nació dentro del mundo religioso y cultural bizantino.


No recibió solamente una doctrina y una liturgia. Recibió también una determinada tradición de relaciones entre autoridad política y autoridad religiosa.


El mundo bizantino no conocía la separación moderna entre Iglesia y Estado. Emperador y jerarquía eclesiástica constituían poderes distintos, pero integrados dentro de una misma concepción cristiana del orden social. El emperador no era sacerdote, pero tampoco era simplemente un gobernante secular en el sentido contemporáneo.


Cuando el centro político de la antigua Rus fue desplazándose desde Kiev hacia el nordeste y finalmente hacia Moscú, también fue desplazándose el centro eclesiástico. En 1448 los obispos rusos eligieron a su propio metropolitano sin esperar la confirmación de Constantinopla. La Iglesia rusa adquirió así de hecho su autocefalia.


Cinco años después, en 1453, Constantinopla cayó en manos de los otomanos.


El acontecimiento tuvo consecuencias que excedían ampliamente la política. El antiguo Imperio cristiano de Oriente había desaparecido, mientras Moscú se consolidaba como principal potencia ortodoxa independiente. Durante el siglo XVI fue desarrollándose la conocida imagen de Moscú como «Tercera Roma»: Roma había caído, Constantinopla —la segunda Roma— también, y Moscú aparecía como heredera de la tradición ortodoxa.


En 1589 el metropolitano de Moscú recibió finalmente el rango de patriarca.


No necesitamos seguir aquí los complejos acontecimientos de aquellos siglos. Nos basta señalar algo que tendrá enorme importancia posteriormente: Iglesia, monarquía e identidad colectiva rusa fueron desarrollándose en estrecha relación.


La ortodoxia no era simplemente la religión que profesaban individualmente los rusos. Formaba parte de la representación que Rusia construía de sí misma.


Eso proporcionaría a la Iglesia enormes ventajas, pero también crearía una dependencia peligrosa: ¿qué ocurriría si alguna vez cambiaba radicalmente el Estado al que estaba tan estrechamente vinculada?


Antes de que eso sucediera, la Iglesia tendría que superar otra prueba.


Sobrevivir sin patriarca


Pedro I quiso transformar Rusia.


Su proyecto de modernización no podía dejar fuera a una institución tan importante como la Iglesia. Y el zar adoptó una decisión extraordinaria para nuestros propósitos: cuando murió el patriarca Adrián en 1700, no permitió que se eligiera normalmente un sucesor.


Finalmente, en 1721, el gobierno patriarcal fue sustituido por el Santo Sínodo.


Durante casi dos siglos no hubo patriarca de Moscú.


Conviene detenerse en este hecho porque permite distinguir dos cosas que fácilmente confundimos: una institución puede perder una de sus formas históricas de gobierno sin desaparecer como organización.


Pedro no eliminó la Iglesia ortodoxa. Hizo algo diferente: la reorganizó y la sometió mucho más directamente al Estado imperial.


La Iglesia continuó celebrando su liturgia, ordenando sacerdotes y obispos, administrando sacramentos, manteniendo parroquias, monasterios y tradiciones, transmitiendo creencias y reproduciéndose generación tras generación.


Había desaparecido el patriarca. No había desaparecido la Iglesia.


Esto nos proporciona una primera pista acerca de los mecanismos de supervivencia de una organización de larga duración. Quizá no todas sus estructuras tengan la misma importancia. Algunas pueden modificarse radicalmente, incluso desaparecer durante generaciones, mientras otras aseguran la continuidad.


La pregunta empieza entonces a precisar su significado:


¿Qué necesita conservar realmente una Iglesia para continuar siendo reconocida como la misma Iglesia?


El caso ruso estaba a punto de someter esa capacidad a una prueba incomparablemente más dura. Una revolución que quería construir un mundo sin religión


En 1917 cayó el régimen zarista.


Paradójicamente, precisamente aquel año la Iglesia restauró el Patriarcado de Moscú, abolido desde tiempos de Pedro I. Tijon fue elegido patriarca.


Pero la recuperación institucional coincidió con una catástrofe política.


Los bolcheviques no eran simplemente gobernantes pertenecientes a otra confesión religiosa. Su concepción del mundo era abiertamente hostil a la religión, entendida como producto de unas condiciones sociales que la revolución aspiraba a superar.


Por primera vez la Iglesia rusa debía enfrentarse no a un gobernante que quisiera utilizarla, reformarla o controlarla, sino a un poder político cuya ideología consideraba deseable que la religión terminara desapareciendo.


Comenzaron confiscaciones de bienes, cierres de iglesias y monasterios, persecuciones y ejecuciones de miembros del clero. El Estado intentó debilitar la capacidad institucional, económica y social de la Iglesia. Las divisiones internas, entre ellas el movimiento conocido como renovacionista, agravaron las dificultades.


No necesitamos reconstruir aquí toda la complejísima política religiosa soviética de las décadas siguientes. Para nuestra pregunta basta comprender la magnitud de la ruptura.


Durante siglos la ortodoxia había formado parte del orden político y de la representación tradicional de Rusia.


Ahora el nuevo Estado proclamaba una ideología atea.


La autocracia había desaparecido. El imperio había desaparecido. La antigua asociación entre trono e Iglesia había desaparecido.


Y, sin embargo, la Iglesia no desapareció.


Quedó extraordinariamente debilitada. Perdió edificios, propiedades, instituciones, clérigos, capacidad educativa y presencia pública. Pero continuó existiendo, extraordinariamente reducida y en parte desplazada hacia ámbitos privados, familiares o difícilmente controlables por el Estado.


Eso significa que una organización puede sobrevivir incluso después de perder una parte considerable de los recursos que parecían garantizar su existencia.


Y entonces ocurrió algo todavía más sorprendente.


1943: cuando el perseguidor necesita al perseguido


En junio de 1941 la Alemania nazi invadió la Unión Soviética.


La guerra puso al régimen soviético ante una amenaza existencial. Ya no se trataba solamente de defender un sistema político. Había que movilizar una sociedad inmensa para defender el territorio y conseguir que millones de personas aceptaran sacrificios extraordinarios.


El discurso soviético fue adquiriendo entonces tonos crecientemente patrióticos. La defensa de la Unión Soviética podía presentarse también como defensa de la patria rusa y de una historia colectiva mucho más antigua que la revolución.


La propia Iglesia colaboró desde el comienzo con el esfuerzo de guerra, llamando a defender la patria y demostrando así que una institución perseguida por el régimen podía, sin embargo, resultar útil para movilizar a una parte de la población.


Pero la ocupación alemana produjo además un fenómeno especialmente revelador.


En diversos territorios ocupados, miembros de la Wehrmacht, capellanes militares, autoridades locales y las propias comunidades permitieron o favorecieron la reapertura de iglesias que habían sido clausuradas por las autoridades soviéticas. No se trató de una política nazi uniforme, ni mucho menos de un reconocimiento general de la libertad religiosa. Las decisiones variaron según los lugares y las autoridades alemanas terminaron imponiendo también restricciones.


Lo importante para nosotros es otra cosa.


Cuando volvieron a abrirse algunas iglesias, apareció gente que quería utilizarlas.


¿De dónde habían salido aquellos creyentes?


No los habían creado los alemanes.


Estaban allí.


Después de más de veinte años de persecución, cierre de templos, destrucción de instituciones y propaganda atea, una parte de la población seguía respondiendo a la reapertura de la oferta religiosa.


Esto permite observar algo que normalmente permanece oculto: destruir las estructuras públicas de una institución no equivale necesariamente a destruir la base social que la sostiene.


No sabemos todavía qué proporción de aquella persistencia correspondía a convicciones religiosas profundas, transmisión familiar, costumbres, identidad colectiva, memoria cultural o simple recuperación de antiguas prácticas. Probablemente todos esos elementos intervinieron en proporciones diferentes.


Pero la demanda religiosa existía. Y cuando el Ejército Rojo comenzó a recuperar los territorios ocupados, el régimen soviético tuvo que encontrarse también con esa realidad.


En ese contexto se produjo el extraordinario giro de septiembre de 1943. Stalin recibió el 4 de septiembre a los metropolitanos Sergio, Alexei y Nikolai. Pocos días después se permitió reunir un concilio episcopal y Sergio fue elegido patriarca de Moscú y de Toda Rusia.


No se había producido una conversión religiosa del régimen soviético.


Había cambiado la situación política.


Y eso es precisamente lo que hace que el episodio resulte tan interesante para nosotros.


Durante más de veinte años el Estado había intentado reducir drásticamente la presencia de una institución perteneciente, según su propia ideología, a un mundo destinado a desaparecer. Ahora descubría que aquella institución continuaba poseyendo recursos utilizables.


Podía contribuir a la movilización patriótica. Podía facilitar la integración de poblaciones en territorios recuperados. Podía mejorar la imagen internacional de la Unión Soviética ante sus aliados occidentales. Y una Iglesia nacional centralizada y reconocida podía resultar más fácilmente controlable que una religiosidad dispersa y parcialmente clandestina.


Stalin permitió por ello una reconstrucción institucional limitada, selectiva y estrechamente vigilada.


Se restauró el Santo Sínodo; se permitió reconstruir una administración eclesiástica central; se abrió el camino para la formación de sacerdotes; reapareció la revista del Patriarcado; aumentó el número de parroquias legales y se concedió cierto margen para recuperar actividades eclesiásticas.


Pero las concesiones fueron acompañadas por un nuevo instrumento de control estatal: el Consejo para los Asuntos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que supervisaba las relaciones entre la jerarquía y el gobierno.


No era, por tanto, el regreso a la situación anterior a 1917. Era otra adaptación.


El Estado no había abandonado su capacidad de controlar a la Iglesia. Había descubierto que, en las nuevas circunstancias, le resultaba más útil administrarla que continuar intentando destruirla.


Y desde la perspectiva de la Iglesia el cambio tenía un significado extraordinario: después de más de dos décadas de persecución, el Estado se veía obligado a reconocer que no había conseguido hacerla desaparecer.


La supervivencia, aunque sometida todavía a un férreo control, constituía por sí misma una victoria.


Pero el episodio permite avanzar un poco más en nuestra explicación.


Hasta ahora podíamos pensar que una institución sobrevive porque conserva determinadas funciones. El caso ruso sugiere algo diferente: puede conservar recursos que, durante un tiempo, parecen inútiles y que adquieren funciones nuevas cuando cambia el entorno.


Creencias, símbolos, rituales, redes comunitarias, identidad, legitimidad histórica y recuerdos transmitidos durante generaciones podían parecer restos de un mundo condenado bajo el régimen soviético.


En 1943 algunos de esos mismos elementos se transformaron en recursos de movilización, cohesión y legitimación.


La Iglesia no había sobrevivido solamente dentro de sus estructuras. Parte de ella había sobrevivido fuera de ellas.


Una reconciliación que nunca fue definitiva


Sería un error interpretar 1943 como el final del conflicto entre el Estado soviético y la religión.


La relación volvió a cambiar.


Especialmente durante el gobierno de Jrushchov se desarrolló una nueva campaña antirreligiosa, con cierres de iglesias y renovadas presiones sobre las instituciones religiosas.


La Iglesia volvió a comprobar que una tolerancia concedida por el poder político podía ser retirada por ese mismo poder.


Durante las décadas posteriores se estableció una convivencia extraordinariamente ambigua. La Iglesia podía existir, pero dentro de límites establecidos por un Estado que continuaba siendo oficialmente ateo y mantenía fuertes instrumentos de vigilancia y control, aunque ya no reprodujera permanentemente la intensidad persecutoria de los primeros tiempos soviéticos.


Para nosotros, los detalles de esas relaciones son menos importantes que el resultado.


La Iglesia volvió a sobrevivir.


Había aprendido a hacerlo bajo la autocracia, bajo la subordinación administrativa del Imperio, bajo la persecución revolucionaria, bajo la utilización patriótica de Stalin y bajo la vigilancia del Estado soviético posterior.


Entonces desapareció el propio Estado soviético.


1991: sobrevivir al perseguidor


La Unión Soviética se disolvió en 1991. Se produjo entonces una situación casi inversa a la de 1917.


En 1917 desapareció el Estado que durante siglos había protegido y controlado a la Iglesia y apareció otro que pretendía construir una sociedad en la que la religión perdiera progresivamente su función.


En 1991 desapareció ese segundo Estado. Pero la Iglesia seguía allí.


Durante las décadas siguientes recuperó templos y monasterios, reconstruyó instituciones, aumentó espectacularmente su presencia pública y volvió a ocupar un lugar importante en la sociedad rusa.


Y progresivamente volvió a establecer una relación estrecha con el poder político.


Naturalmente, la Rusia contemporánea no es el Imperio de los zares y el Patriarcado actual no es la Iglesia imperial anterior a 1917. Sería un error hablar simplemente de restauración.


Pero reapareció algo mucho más antiguo: la asociación entre ortodoxia, historia rusa, identidad colectiva y legitimación política.


Después de setenta años de experiencia soviética, la religión podía presentarse nuevamente como depositaria de una continuidad histórica anterior al comunismo.


La organización que había sobrevivido al régimen soviético podía ahora proporcionar una memoria que trascendía al propio régimen desaparecido.


Y así llegamos al problema que verdaderamente nos interesaba.


¿Qué tuvo que cambiar para poder seguir siendo la misma?


Si observamos en conjunto estos mil años, resulta difícil sostener que la Iglesia ortodoxa rusa sobrevivió simplemente porque permaneció inmutable.


Ocurrió exactamente lo contrario.


Cambió su relación con el poder. Cambió su forma de gobierno. Perdió y recuperó el patriarcado. Fue protegida, subordinada, perseguida, tolerada y nuevamente favorecida.


Perdió propiedades y posteriormente las recuperó. Pasó de formar parte fundamental del orden imperial a existir dentro de un Estado oficialmente ateo y, después, a recuperar un lugar destacado dentro de una nueva Federación Rusa.


Su continuidad no fue, por tanto, inmovilidad. Ésta es probablemente la primera conclusión que podemos extraer.


Las organizaciones de larga duración quizá sobrevivan precisamente porque pueden modificar elementos importantes de su existencia sin alterar aquellos que sus miembros consideran constitutivos de su identidad.


En el caso de la Iglesia rusa parecen haber resultado especialmente resistentes algunos elementos: la sucesión episcopal, el clero, las parroquias y monasterios cuando pudieron mantenerse, la liturgia, los sacramentos, las imágenes, las fiestas, las prácticas familiares, las creencias y una determinada relación con la memoria histórica rusa.


Algunas estructuras podían desaparecer. Otras tenían que continuar.


La supervivencia consistía, precisamente, en distinguir unas de otras.


Pero el caso ruso sugiere una segunda posibilidad.


Una organización puede adquirir una resistencia adicional cuando deja de existir solamente como organización y pasa a formar parte de la identidad histórica de una sociedad.


Ésta era precisamente la intuición expresada en el siglo XIX por Anatole Leroy-Beaulieu, en el pasaje que Jean Meyer reproduce en La Gran Controversia: en la experiencia histórica rusa, la fe ortodoxa había llegado a funcionar como signo de nacionalidad y como uno de los fundamentos de la conciencia nacional.


Si esa observación es correcta, comprendemos mejor la paradoja soviética.


El Estado podía cerrar iglesias. Podía confiscar monasterios. Podía perseguir sacerdotes. Podía enseñar ateísmo. Podía intentar sustituir las antiguas referencias religiosas por una nueva identidad soviética.


Pero resultaba mucho más difícil borrar retrospectivamente siglos de prácticas, creencias y recuerdos.


Las reaperturas producidas durante la ocupación alemana nos proporcionan precisamente un indicio de ello: cuando reapareció parcialmente la oferta religiosa, reapareció una demanda que décadas de represión habían vuelto poco visible.


Quizá por eso Stalin pudo recurrir en 1943 a una institución que el propio régimen había perseguido.


Y quizá por eso, cuando la Unión Soviética desapareció en 1991, la Iglesia disponía de algo extraordinariamente valioso: una memoria anterior al régimen desaparecido y capaz de enlazar la nueva Rusia con un pasado mucho más remoto.


Sería exagerado convertir la identidad nacional en causa única de la supervivencia de la Iglesia rusa. Intervinieron también la organización eclesiástica, la transmisión familiar, la persistencia de las creencias, las comunidades locales, las circunstancias internacionales y las decisiones cambiantes del propio Estado.


Pero el caso permite formular una hipótesis más general.


Una institución puede sobrevivir a la desaparición de los sistemas políticos con los que convivió cuando ha conseguido insertarse suficientemente en las prácticas, símbolos y memoria colectiva de una sociedad.


En ese momento su existencia ya no depende exclusivamente de las estructuras formales que posee.


Parte de ella vive fuera de la propia organización.


Y quizá sea ésta una de las razones por las que determinadas Iglesias han demostrado una capacidad de supervivencia que difícilmente poseen otras organizaciones humanas.


Los Estados pasan. Las fronteras cambian. Los regímenes desaparecen. Las ideologías que parecían destinadas a construir un mundo nuevo envejecen y son sustituidas por otras.


Pero algunas instituciones consiguen atravesarlas. No porque permanezcan iguales. Sino porque aprenden qué pueden cambiar sin dejar de ser reconocidas como las mismas.


Carolus Brigantinus Barbatus

Agosto 2026


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