15 ago 2026

HISTORIA NATURAL DE LA DIVERSIDAD CRISTIANA PRIMERA PARTE. Capítulo 2 Las Iglesias Ortodoxas

Una tradición distinta de la occidental


Cuando en Europa occidental se habla del cristianismo, es frecuente pensar que éste se divide en dos grandes ramas: la Iglesia católica y las iglesias protestantes. Sin embargo, esa imagen deja fuera a una de las tradiciones cristianas más antiguas e influyentes del mundo: las Iglesias Ortodoxas.


Para muchos occidentales la Ortodoxia sigue siendo una realidad poco conocida. A menudo se la presenta como una simple variante oriental del catolicismo romano o como una iglesia nacional vinculada a determinados pueblos eslavos o balcánicos. Ninguna de estas imágenes hace justicia a su verdadera naturaleza.


Las Iglesias Ortodoxas constituyen una de las grandes tradiciones históricas del cristianismo. Conservan una continuidad que se remonta directamente a la Iglesia antigua y mantienen buena parte de la organización, la liturgia y la espiritualidad desarrolladas durante el primer milenio de nuestra era. Su existencia recuerda que la evolución del cristianismo no condujo inevitablemente al modelo eclesiástico representado por Roma. Durante siglos coexistieron diversos grandes centros cristianos —Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén— cuyas relaciones fueron evolucionando hasta desembocar en la gran ruptura entre Oriente y Occidente.


Desde el punto de vista histórico resulta importante comprender que la Ortodoxia no se considera una “denominación” surgida de una escisión posterior, como ocurrió con muchas iglesias protestantes. Su propia autocomprensión es muy distinta. Se entiende a sí misma como la continuación ininterrumpida de la Iglesia indivisa del primer milenio y considera que ha conservado íntegramente la fe transmitida por los apóstoles y formulada en los grandes concilios ecuménicos.


Esta autoconciencia constituye el punto de partida para comprender toda la tradición ortodoxa. Antes de compararla con el catolicismo o con el protestantismo conviene conocer cómo se define ella misma, pues sólo así podrán entenderse posteriormente sus diferencias con las demás confesiones cristianas.



La autocomprensión de la Ortodoxia


La identidad ortodoxa descansa sobre una idea fundamental: la Iglesia verdadera ya quedó plenamente constituida durante los primeros siglos del cristianismo.


Por ello la Ortodoxia reconoce como normativos los siete grandes concilios ecuménicos celebrados entre los siglos IV y VIII: Nicea I (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451), Constantinopla II (553), Constantinopla III (680-681) y Nicea II (787). En ellos considera fijada la formulación esencial de la fe cristiana sobre la Trinidad, la persona de Cristo y la veneración de las imágenes.


Esta visión tiene consecuencias importantes. Mientras el catolicismo admite la posibilidad de un desarrollo doctrinal progresivo bajo la autoridad del obispo de Roma, y el protestantismo suele apelar a un retorno directo a las Escrituras por encima de la tradición eclesial, la Ortodoxia mantiene una actitud mucho más conservadora. Entiende que la misión de la Iglesia consiste principalmente en custodiar fielmente el depósito recibido y no en formular nuevas definiciones dogmáticas universales.


Naturalmente, esta es la interpretación que la propia Ortodoxia ofrece de su historia. Otras tradiciones cristianas describen de manera diferente la evolución de la Iglesia antigua. Pero, cualquiera que sea el juicio histórico que se adopte, resulta imprescindible conocer esta autopercepción, pues explica buena parte de su organización, de su espiritualidad y de su resistencia frente a innovaciones doctrinales posteriores.



La Ortodoxia en el mundo actual


Las Iglesias Ortodoxas reúnen hoy entre 260 y 300 millones de fieles repartidos principalmente por Europa oriental, los Balcanes, el Cáucaso y Oriente Próximo, además de importantes comunidades en Europa occidental, América y Australia surgidas por efecto de las migraciones de los dos últimos siglos.


Su distribución geográfica refleja una larga evolución histórica. El antiguo Imperio Bizantino, la expansión del cristianismo entre los pueblos eslavos y la posterior formación de Estados nacionales hicieron que la Ortodoxia arraigara especialmente en Grecia, Rusia, Serbia, Rumanía, Bulgaria y Georgia, así como en diversas comunidades históricas del Próximo Oriente.


Aunque el número absoluto de ortodoxos continúa siendo elevado, su peso relativo dentro del conjunto del cristianismo ha disminuido durante el último siglo como consecuencia del crecimiento mucho más rápido experimentado por otras confesiones cristianas, especialmente en África, Asia y América Latina. A ello se añaden fenómenos comunes a toda Europa, como el envejecimiento de la población, la secularización y la disminución de la práctica religiosa.


No obstante, reducir la Ortodoxia a un fenómeno demográfico sería un error. Su influencia cultural sigue siendo muy importante en numerosos países y continúa desempeñando un papel relevante en la construcción de identidades nacionales, en la conservación del patrimonio artístico y en la vida religiosa de millones de personas.



Una comunión de Iglesias autocéfalas


Una de las características que distinguen a la Ortodoxia del catolicismo romano es su organización.


Las Iglesias Ortodoxas no forman una única institución gobernada desde un centro universal. Constituyen una comunión de Iglesias autocéfalas, es decir, Iglesias que se gobiernan a sí mismas y cuyos máximos responsables no dependen jurídicamente de una autoridad superior equivalente al Papa de Roma.


Todas comparten la misma fe, celebran esencialmente los mismos sacramentos y mantienen la sucesión apostólica de sus obispos. Sin embargo, cada Iglesia posee su propio sínodo, elige a su primado y administra autónomamente sus asuntos internos.


El primero entre los primados ortodoxos es el Patriarca Ecuménico de Constantinopla. Tradicionalmente ocupa el lugar de primus inter pares —“primero entre iguales”—. Su función consiste principalmente en ejercer un primado de honor, favorecer la coordinación entre las distintas Iglesias y convocar reuniones panortodoxas cuando las circunstancias lo requieren. Carece, sin embargo, de una jurisdicción universal comparable a la ejercida por el pontífice romano dentro de la Iglesia católica.


Entre las Iglesias presididas por un patriarca figuran los antiguos patriarcados de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, a los que se añadieron posteriormente los patriarcados de Moscú, Serbia, Rumanía, Bulgaria y Georgia.


Junto a ellos existen otras Iglesias autocéfalas encabezadas por arzobispos o metropolitanos, como las de Chipre, Grecia, Albania, Polonia, las Tierras Checas y Eslovaquia y la Iglesia Ortodoxa en América. No todas las cuestiones jurisdiccionales están plenamente resueltas y existen discrepancias acerca del reconocimiento de algunas autocefalías recientes, especialmente la de Ucrania.


Esta estructura descentralizada constituye uno de los rasgos más característicos de la Ortodoxia. Favorece una amplia autonomía de las Iglesias locales, pero también dificulta la resolución rápida de los conflictos cuando aparecen desacuerdos sobre cuestiones de jurisdicción, reconocimiento o autoridad.



Las principales diferencias con la Iglesia católica


Desde el punto de vista doctrinal, las Iglesias Ortodoxas y la Iglesia católica comparten mucho más de lo que habitualmente se supone.


Ambas profesan la fe trinitaria y cristológica formulada en los antiguos concilios, conservan la sucesión apostólica, mantienen el episcopado histórico, celebran los mismos sacramentos fundamentales, veneran a María como Theotokos, honran a los santos y afirman la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Su patrimonio espiritual común procede, en gran medida, de la Iglesia de los primeros siglos.


Precisamente por ello, la diferencia principal no reside hoy en la doctrina sobre Dios o sobre Cristo, sino en la manera de entender la organización de la Iglesia y el ejercicio de la autoridad.


La Iglesia católica sostiene que el obispo de Roma posee una primacía de jurisdicción universal sobre toda la Iglesia y que, en circunstancias muy determinadas, puede definir de forma infalible cuestiones de fe y de moral. La Ortodoxia reconoce que el obispo de Roma ocupó históricamente el primer lugar entre los antiguos patriarcados, pero rechaza que esa primacía implique una autoridad jurídica inmediata sobre todas las Iglesias.


Esta distinta concepción de la autoridad explica buena parte de las restantes diferencias.


Una de las más conocidas es la controversia sobre el Filioque. Mientras la tradición latina añadió al Credo la expresión según la cual el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo”, la Ortodoxia conserva el texto aprobado por el Concilio de Constantinopla del año 381, donde se afirma simplemente que procede “del Padre”. Más allá del contenido teológico, la cuestión afecta también a la legitimidad de modificar unilateralmente un símbolo aprobado por un concilio ecuménico.


La Ortodoxia tampoco acepta varios dogmas proclamados posteriormente por la Iglesia católica, como la Inmaculada Concepción de María o la infalibilidad pontificia. Ello no significa necesariamente que rechace todas las realidades religiosas que esos dogmas pretenden expresar, sino que considera que tales definiciones exceden la formulación doctrinal recibida de la Iglesia antigua.


También existen diferencias litúrgicas y disciplinarias. La liturgia ortodoxa conserva un marcado carácter bizantino, utiliza normalmente pan fermentado en la Eucaristía, administra conjuntamente bautismo, crismación y comunión a los niños y permite la ordenación de hombres casados como presbíteros, aunque los obispos proceden habitualmente del monacato. Ninguna de estas diferencias constituye por sí sola el núcleo de la separación, pero reflejan dos tradiciones que han evolucionado de forma parcialmente distinta durante casi un milenio.


En conjunto, puede decirse que ambas Iglesias comparten un patrimonio doctrinal y sacramental extraordinariamente amplio. La principal divergencia continúa siendo la distinta comprensión de cómo debe organizarse la unidad visible de la Iglesia: para el catolicismo, alrededor de un primado universal; para la Ortodoxia, mediante la comunión conciliar de Iglesias autocéfalas.


En la segunda parte desarrollaré los aspectos más propiamente sociológicos y contemporáneos: la relación entre Ortodoxia y poder político, la crisis abierta por Ucrania, el diálogo con Roma, las perspectivas de futuro y una conclusión que enlace este capítulo con el resto de la obra. Creo que esa segunda mitad será incluso más característica de tu proyecto de Historia Natural de la Diversidad Cristiana, porque desplazará el foco desde la descripción institucional hacia el análisis de los mecanismos históricos y organizativos.



Ortodoxia y poder político


Uno de los rasgos más característicos de la historia de las Iglesias Ortodoxas ha sido su estrecha relación con el poder político. Conviene, sin embargo, evitar simplificaciones. No puede afirmarse que la Ortodoxia sea, por naturaleza, una religión sometida al Estado, del mismo modo que tampoco sería correcto presentar a la Iglesia católica como completamente independiente de los poderes civiles. Lo que sí puede decirse es que ambas tradiciones desarrollaron modelos institucionales diferentes, y esos modelos condicionaron profundamente sus relaciones con la política.


La Iglesia católica posee una autoridad central de carácter supranacional. El papado constituye una institución que trasciende las fronteras de los Estados y puede, al menos en teoría, actuar como instancia independiente frente a los distintos gobiernos.


La organización ortodoxa es distinta. Cada Iglesia autocéfala se gobierna dentro de su propio ámbito territorial mediante un sínodo y un primado propios. Históricamente, esta estructura ha favorecido que las Iglesias coincidieran con las identidades nacionales: la Iglesia griega, la rusa, la serbia, la rumana o la búlgara terminaron convirtiéndose, en muchos casos, en elementos constitutivos de la propia nación.


Esta evolución tiene raíces muy antiguas. En el Imperio Bizantino se desarrolló el ideal de la symphonía, es decir, una cooperación armónica entre la autoridad civil y la autoridad eclesiástica. En teoría ambas debían colaborar conservando funciones distintas; en la práctica, sin embargo, los emperadores intervinieron con frecuencia en asuntos eclesiásticos, convocando concilios, apoyando determinadas posiciones doctrinales o influyendo en el nombramiento de obispos.


La historiografía ha discutido durante mucho tiempo si este sistema debe calificarse de verdadera cooperación o de una forma de cesaropapismo, es decir, de subordinación de la Iglesia al poder político. Probablemente ambas interpretaciones describen situaciones históricas reales según las épocas y los lugares.


La formación de los modernos Estados nacionales reforzó todavía más esta vinculación entre Iglesia y nación. Tras la desaparición de los grandes imperios otomano, ruso y austrohúngaro, muchas Iglesias ortodoxas desempeñaron un papel decisivo en la conservación de la lengua, la cultura y la memoria colectiva de sus pueblos.


Este estrecho vínculo ha proporcionado a la Ortodoxia una enorme fuerza como elemento de cohesión social, pero también la ha hecho especialmente vulnerable cuando los intereses políticos y los religiosos dejan de coincidir. Buena parte de las tensiones actuales sólo pueden comprenderse teniendo presente esta larga historia.



La crisis ortodoxa del siglo XXI


Durante siglos las principales divisiones del cristianismo parecían pertenecer al pasado. Sin embargo, el comienzo del siglo XXI ha mostrado que la organización descentralizada de la Ortodoxia sigue planteando importantes problemas de coordinación y autoridad.


El acontecimiento decisivo fue el reconocimiento de la autocefalía de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania por parte del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla entre 2018 y 2019. La decisión fue interpretada por el Patriarcado de Moscú como una invasión de su jurisdicción histórica y provocó la ruptura de la comunión entre ambas sedes.


La invasión rusa de Ucrania en 2022 convirtió rápidamente el conflicto eclesiástico en un problema inseparable de la política internacional. El patriarca Kiril respaldó públicamente la actuación del gobierno ruso mediante la doctrina del Russkiy Mir (“Mundo Ruso”), mientras que en Ucrania aumentó la desconfianza hacia las comunidades consideradas próximas al Patriarcado de Moscú. Las autoridades ucranianas terminaron restringiendo la actividad de aquellas instituciones que juzgaban vinculadas a intereses rusos.


Las consecuencias de esta crisis se extendieron mucho más allá de Ucrania. En los años siguientes aparecieron nuevos desacuerdos jurisdiccionales en diversos territorios de la diáspora ortodoxa y en países bálticos como Lituania. Al mismo tiempo, algunos obispos comenzaron a apelar directamente al Patriarcado Ecuménico frente a las decisiones de sus propias Iglesias, reabriendo el antiguo debate sobre el alcance real del primado de Constantinopla.


Paradójicamente, mientras la unidad interna de la Ortodoxia atravesaba una de sus etapas más delicadas desde hacía siglos, las relaciones con la Iglesia católica experimentaban un acercamiento cada vez mayor. El diálogo teológico continuó avanzando y ambas partes manifestaron reiteradamente su voluntad de superar la división iniciada en el siglo XI. Aunque la plena comunión sigue estando lejos, el clima de cooperación resulta hoy mucho más favorable que durante buena parte de la Edad Moderna.


La coexistencia de estos dos movimientos —fragmentación interna y aproximación al catolicismo— constituye una de las paradojas más llamativas del cristianismo contemporáneo.



¿Qué futuro pueden tener las Iglesias Ortodoxas?


Predecir la evolución futura de una tradición religiosa con casi dos mil años de historia resulta necesariamente incierto. Sin embargo, algunas tendencias permiten esbozar escenarios plausibles.


La primera es el progresivo desplazamiento del centro de gravedad de la Ortodoxia. Aunque seguirá conservando una fuerte presencia en Europa oriental y el espacio postsoviético, la creciente importancia de las comunidades emigradas está transformando lentamente su fisonomía. Millones de ortodoxos viven ya en Europa occidental, América y Australia, donde la pertenencia religiosa deja de identificarse automáticamente con una nacionalidad determinada.


Este cambio puede tener consecuencias profundas. En la diáspora conviven con frecuencia parroquias griegas, rusas, rumanas, serbias o antioquenas dentro de una misma ciudad. Esta situación plantea problemas canónicos, pero también favorece nuevas formas de cooperación y una comprensión más universal de la identidad ortodoxa.


Al mismo tiempo, las Iglesias europeas deberán afrontar desafíos comunes al resto del continente: envejecimiento demográfico, baja natalidad, secularización y disminución de la práctica religiosa. Todo ello probablemente reducirá su influencia social, aunque no necesariamente su capacidad para conservar una intensa vida espiritual.


Otro desafío será la relación entre religión e identidad nacional. En algunos países la Iglesia continuará desempeñando un papel importante como depositaria de la memoria histórica y de las tradiciones culturales. Esta función puede fortalecer su presencia pública, pero también comporta el riesgo de identificar excesivamente la fe con proyectos políticos concretos.


Desde el punto de vista institucional, la principal incógnita seguirá siendo la capacidad de las Iglesias ortodoxas para coordinarse sin disponer de una autoridad universal comparable al papado. La tradición sinodal constituye uno de sus mayores patrimonios históricos, pero los acontecimientos recientes muestran que necesitará desarrollar mecanismos más eficaces para resolver conflictos de jurisdicción y mantener la comunión entre Iglesias cada vez más diversas.


Finalmente, el futuro de la Ortodoxia dependerá también de su capacidad para transmitir aquello que constituye su aportación más característica al cristianismo: una rica tradición litúrgica, una profunda espiritualidad monástica, la centralidad de la celebración pascual y una comprensión de la salvación centrada en la transformación progresiva del ser humano mediante la gracia divina. Si estos elementos consiguen expresarse con un lenguaje comprensible para las nuevas generaciones, la Ortodoxia podrá seguir desempeñando un papel significativo incluso en sociedades crecientemente secularizadas.



Conclusión


Las Iglesias Ortodoxas representan una de las grandes formas históricas que ha adoptado el cristianismo. No constituyen una simple variante regional del catolicismo ni una suma de iglesias nacionales independientes, sino una tradición con una organización, una espiritualidad y una comprensión de la autoridad propias.


Su historia pone de manifiesto que la evolución del cristianismo estuvo lejos de ser un proceso lineal. Durante siglos coexistieron diversos modelos de organización eclesial, distintas maneras de entender la relación entre Iglesia y Estado y diferentes formas de expresar una misma fe.


Desde una perspectiva histórica, la Ortodoxia constituye un recordatorio de que la diversidad cristiana no comenzó con la Reforma protestante. Mucho antes de Lutero existían ya caminos diferentes dentro del propio cristianismo antiguo, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días con una sorprendente continuidad.


Para la investigación que emprendemos en este libro, esta constatación posee una importancia decisiva. Si hoy contemplamos un cristianismo formado por múltiples tradiciones, la pregunta deja de ser únicamente cómo nacieron esas diferencias. Debemos preguntarnos también qué procesos históricos, sociales y organizativos hicieron posible que unas comunidades permanecieran unidas, otras se separaran y todas ellas sobrevivieran durante casi dos mil años.


Esa será precisamente la cuestión que comenzaremos a explorar en los capítulos siguientes, retrocediendo desde el presente hacia los orígenes del cristianismo para reconstruir, paso a paso, la historia de su extraordinaria diversificación.



Carolus Brigantinus Barbatus


Agosto 2026


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