Las buenas intenciones

Asistimos a una creciente marea de prohibiciones que intentan frenar toda actitud e ideas que vayan en contra con los valores ahora predominantes en nuestra sociedad, o por lo menos, dominantes en esta parte del mundo que denominamos, con cierto imperialismo lingüístico "occidental".  No solo se pide prohibir con duras penas las ideas fascistas o nazis sino también aquellas que niegan la igualdad de sexos o incluso ponen en duda la absoluta igualdad de sexos que debería haber en todo los órganos de gobierno, no importa la cualidad ni la naturaleza de la organización implicada. 

Yo comparto la mayoría de las aversiones que conviven en nuestra sociedad, pero me inquieta que tal afán buenista se exagere, paulatinamente, hasta abarcar muchos aspectos que por ahora son de libre expresión.

Recuerdo lo que escribía Milton Friedman, en su libro "Capitalismo y libertad" porque con agudas palabras indicaba la diferencia que puede haber entre una prohibición concreta y una suma de prohibiciones encadenadas.  

Escribía Friedman que si se pidiera prohibir o restringir la difusión de  mensajes críticos con el control de la natalidad, o el aborto, habría un número considerable de personas que estarían de acuerdo. Otros también abogarían por prohibir mensajes que promovieran el comunismo como sistema político; otros querrían que se eliminaran todos los alegatos machistas en los medios de comunicación. Y tampoco faltarían personas que quisieran prohibir razonamientos en favor de dictaduras o regímenes opuestos a los nuestros, y así ad infinitum. Si se hiciera una encuesta para tomar en cuenta cada prohibición por separada serían multitud los que estarían de acuerdo en llevarlas a cabo. 

Pero "supongamos ahora que todos estos casos se agrupan en un paquete, y se pidiera a la población en general que vote por ellos en su conjunto. Votar si se debe negar la libertad de expresión en general o permitirla en todos por igual, sin excepciones." Es muy probable que una mayoría votaría por la libertad de expresión; así que votando por el paquete en su conjunto es casi seguro que la gente vote exactamente al contrario de lo que votaría por cada caso en separado, concluye el autor. 

¿Por qué? -se pregunta Friedman- porque a cualquiera le importa más la libertad de expresión cuando está en minoría que privar de ese derecho a otra persona cuando está en mayoría; en consecuencia cuando vota por el paquete da más importancia a la infrecuente situación de estar en minoría, que a la frecuente situación de compartir la mayoría. 

Otra razón, y más importante, radica en que cuando el paquete se considera como un todo se tiene en cuenta efectos y repercusiones que no se consideran cuando se estudia cada caso por separado. Cuando se vota por la libertad de expresión, en general, se vota por una sociedad libre que está abierta al cambio, a la innovación y a la crítica a lo ya establecido. En cambio cuando se vota por cada caso, separadamente, tales consecuencias generales no se suelen tener en cuenta. 

Y algo de esto, me temo, está ahora sucediendo. Paso a paso, y con muy buenas intenciones, vamos restringiendo la libertad individual en su capacidad para expresar lo que piensa el sujeto.  Todo en aras de un bien supremo, y por lo tanto superior... pero no nos damos cuenta que el camino hacia el infierno suele estar sembrado de las mejores buenas intenciones, y que al final terminaremos casi todos amordazados. 

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