La cuestión nacional (I)
La situación española es tan complicada que requiere un análisis cuidadoso para poder establecer una política coherente en un terreno lleno de trampas y peligros ciertos de romper el Estado que nos aglutina desde hace siglos. Es un principio por todos aceptado que, desde los tiempos más remotos en la península ibérica han convivido diversos pueblos con sus más y sus menos: guerras, alianzas, invasiones, destrucciones y uniones. Todo lo posible, políticamente hablando, se ha dado en nuestra península, pero no se trata de hacer historia, sino de reconocer nuestro pasado en sus características principales, para poder entender así nuestro presente y los problemas que enfrentamos.
Tomemos el caso de Cataluña y el desafío independentista lanzado al Estado desde hace una década, aunque se ha venido preparando pausadamente desde la caída de la dictadura, hace ya casi medio siglo. "Independencia" que es una manera más, por lo falsa, de denominar a una simple separación del Estado que los españoles nos hemos dado hace ya varios siglos. La "independencia" es propia de las colonias, y así se juega con las palabras para desde una perspectiva victimista lograr la complacencia y como tal la aquiesencia del mundo europeo en particular y del internacional en general.
El separatismo ibérico, no es cosa nueva, y ni siquiera es propio de Cataluña ya que de una u otra forma no hay parte de la península dónde no hayan anidado y eventualmente triunfado tales fuerzas separatistas. Así que no hay sorpresa en tal fenómeno, ya debatido durante el siglo XX y que tuvo su momento cumbre cuando, en plena guerra civil, un grupo de catalanes decide crear un Estado propio; propósito que duró muy poco pero no por ello menos significativo. Manuel Azaña, el presidente de la Segunda República escribió palabras muy amargas sobre la falta de colaboración de la Generalitat Catalana en la empresa común para derrotar al golpe de estado franquista.
Lo que caracteriza al separatismo catalán contemporáneo es su falta de escrupulos que los lleva a aprovechar cualquier coyuntura jurídica de un Estado cada vez más débil para beneficiar sus propósitos, a la vez que utilizan ese mismo aparato, en las instancias en las que han logrado penetrar, vaciándolas completamente de contenido y orientándolas hacia el propósito no explicitado de la separación del Estado que las contiene. Se trata de utilizar al Estado contra el mismo Estado del que forma parte. Una artera política ya ensayada con éxito en Europa, en los años veinte en Italia y en los 30 en Alemania.
Cómo se ha progresado en esta política consciente de sustitución de fines en las instituciones autonómicas es lo se hace imprescindible conocer para evitar las mismas trampas que con eficacia los separatistas han logrado, hasta ahora, parte de sus siniestros fines.
Una aclaración al título de estas reflexiones. "La cuestión nacional" tiene resonancias marxistas porque Stalin escribió, antes de la Revolución bolchevique un libro desarrollando las ideas que debían sostener los comunistas frente al problema, muy presente en Rusia, entre los diversos pueblos que componen el Estado y la soberanía que debe otorgarse a éstos.
En este análisis no se lo toma como modelo, por supuesto; lejos de cualquier tendencia marxista la "cuestión nacional" es un problema real en Europa. Problema que cada país ha sabido ocultar, negociar o reprimir según su tradición política y circunstancias locales. Por lo tanto no es solo un problema "de España", sino también de los países circundantes, aunque en nuestro país tal problema ha tomado unas características propias debido a la tradicional falta de fortaleza de nuestro Estado central. Debilidad que ni siquiera una dictadura de casi medio siglo supo encontrar remedio e incluso acentuó aún mas, si cabe, la posibilidad real de una fractura entre los pueblos que dan vida a nuestra España, aplicando una política toscamente represiva y ensalzando las virtudes de un imperio fantasma siglos ha desaparecido.
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