31 ago 2026

HISTORIA NATURAL DE LA DIVERSIDAD CRISTIANA. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 4. El universo protestante

Contemplar el protestantismo contemporáneo puede producir una primera impresión desconcertante. Luteranos, reformados, presbiterianos, anglicanos, congregacionalistas, bautistas, metodistas, adventistas, pentecostales, iglesias evangélicas, comunidades independientes y muchas otras denominaciones se consideran cristianas y, de una manera u otra, herederas del gran proceso iniciado por la Reforma. Sin embargo, no forman una única Iglesia ni reconocen una autoridad común capaz de hablar en nombre de todas ellas.


¿Cómo se llegó a semejante diversidad?


Responder enumerando iglesias serviría de poco. La lista podría hacerse muy larga y, además, seguiría sin explicar por qué aparecieron tantas. Más interesante resulta plantear otra pregunta: ¿qué ocurrió en el cristianismo occidental para que la aparición continuada de nuevas iglesias llegara a convertirse en una posibilidad normal?


La respuesta obliga a comenzar por una diferencia fundamental entre el mundo protestante y otras grandes tradiciones cristianas.


Diversidad dentro de una Iglesia y diversidad entre Iglesias


La Iglesia católica nunca ha sido internamente uniforme. A lo largo de los siglos han aparecido en su interior innumerables corrientes espirituales, escuelas teológicas, órdenes religiosas y movimientos de reforma. Benedictinos, franciscanos, dominicos, carmelitas, jesuitas y muchas otras comunidades desarrollaron formas considerablemente diferentes de entender la espiritualidad, la disciplina y la vida religiosa sin abandonar por ello la misma Iglesia.


Incluso dentro de una misma familia podían surgir nuevas diferencias. En el siglo XVI, por ejemplo, algunos franciscanos pretendieron recuperar con mayor rigor el ideal de austeridad asociado a Francisco de Asís. De aquel movimiento surgieron los capuchinos. Constituyeron una rama diferenciada, con reglas y organización propias, pero continuaron dentro de la Iglesia católica.


El ejemplo permite distinguir dos fenómenos que frecuentemente se confunden.


Puede existir diversificación sin que exista necesariamente fragmentación institucional.


Una gran organización religiosa puede incorporar corrientes distintas, reconocerles cierto grado de autonomía y mantenerlas, sin embargo, bajo una autoridad común. Naturalmente, el catolicismo también ha conocido cismas y expulsiones, pero su estructura institucional posee una gran capacidad para absorber diferencias sin convertir cada una de ellas en una nueva Iglesia.


El protestantismo desarrolló una dinámica diferente.


La Reforma había cuestionado precisamente la existencia de una autoridad eclesiástica universal capaz de establecer definitivamente para todos los cristianos cuál era la interpretación legítima de la doctrina. Lutero, Zwinglio, Calvino y los reformadores radicales no pretendían crear el extraordinario mosaico de denominaciones que existe actualmente. Sin embargo, las transformaciones que iniciaron hicieron posible algo de consecuencias inmensas: una comunidad podía romper con otra autoridad eclesiástica sin considerar por ello que abandonaba necesariamente el cristianismo.


Cuando surgían diferencias acerca de la interpretación de las Escrituras, el bautismo, la Eucaristía, la organización de las comunidades, el ministerio, la experiencia religiosa o innumerables cuestiones posteriores, ya no existía una institución universal reconocida por todos que pudiera dictar una resolución definitiva.


Una comunidad podía considerar que su interpretación era más fiel al Evangelio y organizarse autónomamente.


Y la nueva comunidad podía experimentar más tarde exactamente el mismo proceso.


La posibilidad de fragmentación adquiría así un carácter acumulativo.


Esto no significa que toda diferencia protestante haya producido necesariamente una nueva Iglesia ni que las separaciones se expliquen exclusivamente por problemas doctrinales. Intervinieron también conflictos políticos, nacionales, sociales, étnicos, culturales y personales. Pero la estructura surgida después de la Reforma hacía mucho más fácil que determinadas diferencias llegaran a institucionalizarse mediante comunidades independientes.


Por eso, para comprender la extraordinaria diversidad protestante, no necesitamos conocer cada una de las iglesias que llegaron a existir.


Necesitamos comprender cómo llegó a formarse un sistema religioso capaz de producir continuamente nuevas iglesias.


Cuatro grandes puntos de partida


En sus comienzos, el panorama era bastante más sencillo.


Como vimos en el capítulo anterior, durante el siglo XVI pueden distinguirse, simplificando una realidad considerablemente más compleja, cuatro grandes corrientes de las que partirá buena parte del protestantismo posterior: la luterana, la reformada, la inglesa y la Reforma radical.


La primera surgió alrededor de Martín Lutero y se consolidó especialmente en diversos territorios alemanes y escandinavos. De ella proceden las Iglesias luteranas.


La tradición reformada, vinculada inicialmente a figuras como Zwinglio y Calvino, dio origen a numerosas Iglesias reformadas y, particularmente en Escocia, al presbiterianismo.


En Inglaterra, la ruptura con Roma condujo a la formación de la Iglesia anglicana, que mantuvo una estructura episcopal y numerosos elementos de continuidad con la tradición anterior, aunque rechazando la autoridad pontificia.


Finalmente, bajo la denominación bastante amplia de Reforma radical agrupamos movimientos que pretendieron llevar mucho más lejos la transformación religiosa. Entre ellos destacaron los anabaptistas, de cuyo complejo universo surgirían posteriormente comunidades como los menonitas y, más tarde, los amish.


No eran cuatro bloques perfectamente aislados y tampoco constituyen antepasados directos de todas las iglesias posteriores. Pero sirven como un mapa inicial suficientemente sencillo.


Si la historia hubiese terminado allí, el protestantismo contemporáneo sería relativamente fácil de representar.


Pero apenas había comenzado.


De las Iglesias territoriales a las comunidades voluntarias


La primera Reforma había nacido en una Europa donde religión y territorio político continuaban estrechamente asociados. Una gran parte de las Iglesias protestantes iniciales se convirtió, de una u otra manera, en Iglesia dominante de determinados Estados o regiones.


Sin embargo, durante los siglos XVII y XVIII comenzaron a desarrollarse formas diferentes de entender la comunidad cristiana.


En Inglaterra, el puritanismo pretendió llevar más lejos la Reforma de la Iglesia anglicana. Algunos grupos llegaron a defender que cada congregación debía poseer una autonomía considerable respecto de estructuras eclesiásticas superiores. De ese ambiente procedió el congregacionalismo.


Los bautistas dieron otro paso importante. Defendieron que el bautismo debía administrarse a quienes profesaban conscientemente la fe y favorecieron comunidades formadas por creyentes voluntariamente incorporados a ellas.


Este cambio posee una importancia extraordinaria para comprender la historia posterior.


La pertenencia religiosa podía dejar de depender principalmente del territorio, del nacimiento o de una Iglesia estatal y convertirse, cada vez más, en una elección individual.


Cuando las comunidades religiosas se organizan sobre la adhesión voluntaria de sus miembros, aumenta considerablemente la posibilidad de que aparezcan comunidades alternativas.


El pietismo: transformar sin separarse necesariamente


Mientras estos cambios se producían especialmente en el ámbito inglés, dentro del luteranismo apareció durante el siglo XVII otra corriente de enorme influencia: el pietismo.


Los pietistas consideraban insuficiente una adhesión meramente doctrinal o formal al cristianismo. Insistían en la experiencia personal de la fe, la lectura de la Biblia, la conversión interior, la vida moral y la participación activa de los creyentes.


Su importancia para nuestra historia no reside solamente en haber creado determinadas instituciones.


Reside sobre todo en que representa un nuevo tipo de fenómeno.


Hasta ahora todavía podíamos imaginar la evolución protestante mediante un árbol relativamente sencillo: una Iglesia se divide y de ella surge otra.


El pietismo muestra algo diferente.


Una corriente religiosa puede aparecer dentro de una determinada tradición y, sin convertirse inmediatamente en una nueva Iglesia, influir posteriormente sobre comunidades pertenecientes a otras tradiciones.


Junto a la descendencia comienza a ser necesario estudiar también la influencia.


El árbol empieza a complicarse.


Avivamientos y metodismo


Durante el siglo XVIII, particularmente en Gran Bretaña y Norteamérica, diferentes movimientos de renovación religiosa insistieron en la conversión personal, la predicación popular y una experiencia intensa de la fe.


Los llamados avivamientos atravesaron frecuentemente las fronteras de las Iglesias existentes. Ya no se trataba solamente de crear otra doctrina, sino de conseguir que individuos formalmente cristianos experimentasen personalmente su condición de creyentes.


Dentro de ese ambiente apareció el metodismo asociado especialmente a John Wesley.


Wesley era sacerdote anglicano y no inició su actividad con la intención de fundar una nueva Iglesia. Pretendía renovar espiritualmente el anglicanismo mediante la predicación, la disciplina personal, pequeñas comunidades de creyentes y una intensa actividad evangelizadora.


Sin embargo, el movimiento adquirió progresivamente organización propia y terminó convirtiéndose en una nueva gran familia protestante.


El caso es especialmente revelador.


Una renovación puede empezar dentro de una Iglesia.


La renovación crea pequeños grupos. Los grupos desarrollan redes. Las redes necesitan dirigentes y normas. La organización adquiere autonomía. Y finalmente puede aparecer una nueva Iglesia.


Estamos ante uno de los mecanismos que se repetirán muchas veces en la historia posterior del protestantismo.


El nacimiento de un espacio evangélico


Los avivamientos y movimientos de renovación de los siglos XVIII y XIX contribuyeron también a crear algo que ya no puede identificarse fácilmente con una única denominación: el mundo evangélico.


El evangelicalismo no surgió simplemente como otra Iglesia situada junto a luteranos, reformados, bautistas o metodistas. Se desarrolló como una corriente que podía existir dentro de diferentes tradiciones protestantes.


Su insistencia en la autoridad de las Escrituras, la necesidad de una fe personal, la conversión y la difusión activa del mensaje cristiano creó afinidades entre creyentes pertenecientes a denominaciones diferentes.


Esto introduce una nueva dificultad en nuestro mapa, pero también proporciona una de las claves para comprenderlo.


A partir de este momento, dos cristianos podían pertenecer a Iglesias institucionalmente distintas y, sin embargo, sentirse espiritualmente más próximos entre sí que respecto de otros miembros de sus propias denominaciones.


El protestantismo comenzaba a organizarse simultáneamente mediante Iglesias y mediante movimientos transversales.


La antigua genealogía se estaba convirtiendo en una red.


El siglo XIX: el árbol se convierte en red


Durante el siglo XIX la diversificación protestante aumentó considerablemente.


Las grandes tradiciones nacidas de la Reforma continuaban existiendo, pero ya no bastaban para explicar las nuevas comunidades que iban apareciendo. Los avivamientos atravesaban las antiguas fronteras confesionales, el evangelicalismo reunía creyentes de distintas denominaciones y nuevos movimientos combinaban influencias procedentes de varias tradiciones.


Del metodismo y de los ambientes de renovación vinculados a él surgió el llamado Movimiento de Santidad, que insistía en la posibilidad de una transformación profunda de la vida del creyente.


Aparecieron también movimientos restauracionistas. Su pretensión era especialmente significativa: no se consideraban simplemente otra reforma dentro del protestantismo, sino que aspiraban a recuperar el cristianismo original, anterior a las divisiones acumuladas durante siglos.


La intención resulta paradójica.


Precisamente intentando superar la fragmentación podían aparecer nuevas comunidades.


Otros grupos concedieron una importancia extraordinaria a las profecías bíblicas, la segunda venida de Cristo y la proximidad del fin de los tiempos. En ese amplio ambiente milenarista se desarrollarían movimientos como el adventismo.


A estas alturas resulta ya difícil establecer una genealogía simple para todas las iglesias.


Un movimiento podía recibir elementos metodistas, bautistas, reformados o pietistas. Una determinada práctica podía aparecer dentro de una denominación y difundirse posteriormente entre otras. Comunidades diferentes podían compartir algunas doctrinas mientras discrepaban profundamente acerca de otras.


La imagen del árbol continúa siendo útil para recordar los grandes orígenes históricos, pero empieza a resultar insuficiente.


El protestantismo se parece cada vez más a una red.


Pentecostalismo: una nueva transformación


A comienzos del siglo XX apareció uno de los movimientos que más profundamente transformarían el cristianismo contemporáneo: el pentecostalismo.


Los pentecostales concedieron una importancia especial a la experiencia directa de la acción del Espíritu Santo y recuperaron prácticas que interpretaban como semejantes a las descritas en las primeras comunidades cristianas: dones espirituales, curaciones, profecía, oración intensa y, en numerosos grupos, el hablar en lenguas.


Estas prácticas favorecieron formas religiosas enormemente participativas y emocionalmente intensas.


El movimiento se difundió con rapidez y produjo muy pronto múltiples denominaciones.


Pero su importancia histórica no reside solamente en el crecimiento de las Iglesias específicamente pentecostales.


Durante la segunda mitad del siglo XX, prácticas y experiencias originadas o desarrolladas en esos ambientes comenzaron a difundirse dentro de otras Iglesias protestantes e incluso dentro del catolicismo mediante los llamados movimientos carismáticos.


Volvemos a encontrar así un fenómeno que ya había aparecido con el pietismo y el evangelicalismo, aunque ahora a una escala mucho mayor.


Una innovación religiosa puede dejar de pertenecer exclusivamente a la comunidad donde nació.


Puede atravesar fronteras institucionales. Y puede combinarse con tradiciones anteriores.


La diversificación ya no se produce solamente mediante separaciones. También se produce mediante recombinaciones.


Iglesias independientes


La aparición y expansión de Iglesias independientes constituye otro rasgo fundamental del cristianismo contemporáneo.


Una comunidad ya no necesita necesariamente integrarse en una de las grandes denominaciones históricas para adquirir identidad propia. Puede organizarse alrededor de una congregación local, un pastor, una red de comunidades o un movimiento de evangelización y mantenerse institucionalmente independiente.


Algunas de estas Iglesias permanecen reducidas a comunidades relativamente pequeñas.


Otras desarrollan organizaciones muy extensas, redes internacionales, grandes centros de culto y una intensa presencia en los medios de comunicación.


Sus doctrinas y prácticas pueden proceder de diferentes tradiciones. Muchas presentan características evangélicas o pentecostales; otras combinan elementos diversos de manera difícil de adscribir a una única genealogía confesional.


Aquí alcanzamos quizá el punto extremo de la dinámica iniciada después de la Reforma.


Una comunidad puede considerarse plenamente cristiana sin necesitar pertenecer a ninguna de las grandes organizaciones históricas del cristianismo.


La autonomía institucional se convierte así en una posibilidad ordinaria.


Del protestantismo europeo al cristianismo mundial


Mientras se producía esta diversificación ocurrió otra transformación igualmente importante.


El protestantismo había nacido de conflictos religiosos europeos y posteriormente había adquirido una enorme importancia en Norteamérica. Durante varios siglos, buena parte de su expansión mundial estuvo relacionada con las misiones procedentes de Europa y Estados Unidos.


Pero el proceso terminó modificando profundamente aquella geografía inicial.


África, América Latina y diversas regiones de Asia dejaron de ser simplemente territorios receptores de iglesias creadas en otros lugares. En ellos aparecieron dirigentes propios, comunidades autónomas y nuevas formas de interpretar y practicar el cristianismo.


El protestantismo —y particularmente sus formas evangélicas, pentecostales e independientes— dejó de ser un fenómeno principalmente europeo y noratlántico para convertirse en una realidad verdaderamente mundial.


Esto multiplicó todavía más la diversidad.


Las nuevas comunidades se desarrollaron dentro de sociedades con historias, estructuras familiares, tradiciones religiosas, culturas políticas y problemas sociales muy diferentes de aquellos que habían acompañado a la Reforma europea.


El resultado ya no podía consistir simplemente en reproducir indefinidamente las antiguas Iglesias de origen.


El cristianismo volvía a adaptarse a ambientes nuevos y, al hacerlo, generaba nuevas formas de cristianismo.


Protestantes, evangélicos y pentecostales


Llegados a este punto conviene aclarar tres términos que aparecen constantemente y que pueden inducir fácilmente a confusión.


Protestante, evangélico y pentecostal no significan exactamente lo mismo.


El término protestante es el más amplio desde un punto de vista histórico. Incluye las grandes tradiciones surgidas directa o indirectamente de la Reforma: luteranos, reformados, anglicanos —aunque algunos anglicanos matizarían esta adscripción—, bautistas, metodistas y muchas otras familias posteriores.


El término evangélico tiene fronteras menos precisas. Generalmente designa corrientes que conceden especial importancia a la autoridad de la Biblia, la conversión personal, la fe individual y la difusión activa del mensaje cristiano. Puede haber, por tanto, evangélicos bautistas, metodistas, reformados o pertenecientes a Iglesias independientes.


No constituye necesariamente una denominación.


El pentecostalismo representa una corriente más específica, caracterizada especialmente por la importancia concedida a la acción presente del Espíritu Santo y a determinados dones espirituales.


Una persona puede ser simultáneamente protestante, evangélica y pentecostal.


Otra puede ser protestante y evangélica pero no pentecostal.


Y otra puede pertenecer a una antigua Iglesia protestante sin identificarse especialmente con ninguno de los dos movimientos posteriores.


La dificultad terminológica no constituye una simple complicación del vocabulario.


Refleja la propia estructura del fenómeno que estamos estudiando.


Las Iglesias forman organizaciones. Los movimientos atraviesan esas organizaciones. Y ambas realidades se superponen.


¿Qué tienen en común los protestantes?


Después de semejante recorrido surge inevitablemente otra pregunta.


Si existen tantas Iglesias, diferencias doctrinales, liturgias y formas de organización, ¿qué permite seguir hablando de protestantismo en singular?


No existe una respuesta perfectamente aplicable a todas sus manifestaciones.


El protestantismo no posee una institución central que determine quién pertenece o no pertenece a él, ni una formulación doctrinal única aceptada por todas sus Iglesias.


Sin embargo, pueden reconocerse algunas afinidades históricas fundamentales.


La primera es precisamente su relación, directa o indirecta, con la Reforma occidental y con los problemas que ésta planteó.


La segunda es la posición privilegiada concedida a las Escrituras como referencia para determinar la doctrina cristiana.


La tercera es la ausencia de una autoridad eclesiástica universal equivalente al papado.


También aparece frecuentemente una fuerte insistencia en la fe personal, la predicación y la responsabilidad individual del creyente.


Muchas tradiciones protestantes redujeron además el número y la función de los sacramentos respecto del catolicismo y de la ortodoxia, y rechazaron la existencia de un sacerdocio entendido en los mismos términos que aquellas Iglesias.


Pero ninguna de estas características permite construir una definición completamente rígida.


Quizá resulte más adecuado entender el protestantismo como una gran familia histórica formada por Iglesias, denominaciones y movimientos relacionados mediante descendencias, influencias y recombinaciones sucesivas.


No constituye una Iglesia. Constituye un espacio histórico de cristianismos emparentados.


Del árbol a la red


Podemos ahora contemplar nuevamente el panorama que al comienzo parecía casi incomprensible.


En el siglo XVI encontramos unas pocas grandes rupturas.


De ellas surgen familias relativamente reconocibles.


Durante los siglos XVII y XVIII aparecen nuevas formas de comunidad y movimientos de renovación.


En el XIX las influencias atraviesan cada vez más las fronteras denominacionales.


Durante el XX, el pentecostalismo, los movimientos carismáticos y las Iglesias independientes multiplican nuevamente las posibilidades de combinación y expansión.


El proceso puede resumirse de manera sencilla:


rupturas familias interacciones movimientos nuevas combinaciones proliferación denominacional.


Así desaparece parte del aparente caos.


No necesitamos memorizar miles de iglesias para comprender el protestantismo.


Por debajo de esa multitud continúan siendo reconocibles unas pocas grandes tradiciones históricas y una serie de movimientos que, a lo largo de los siglos, las atravesaron, combinaron y transformaron.


Quizá por eso la imagen de un árbol genealógico, aunque útil para los primeros tiempos, termina siendo engañosa.


Un árbol supone ramas que se separan progresivamente unas de otras.


La historia protestante muestra algo más complejo: las ramas se separan, pero también vuelven a encontrarse; reciben influencias procedentes de otras; comparten prácticas; crean movimientos transversales y producen nuevas combinaciones.


El árbol termina convirtiéndose en una red.


Y precisamente esa red permite comprender una de las características más sorprendentes del protestantismo contemporáneo: su enorme capacidad para generar diversidad sin perder por completo la conciencia de pertenecer a una misma tradición histórica.


Hasta ahora hemos examinado por separado las grandes formas adoptadas por el cristianismo contemporáneo. Primero encontramos una Iglesia católica capaz de mantener una extraordinaria diversidad bajo una autoridad institucional común. Después observamos el mundo ortodoxo, organizado como una comunión de Iglesias autónomas. Finalmente hemos encontrado en el protestantismo un sistema mucho más abierto, donde la autonomía de las comunidades ha favorecido una multiplicación extraordinaria de Iglesias y movimientos.


Son tres maneras muy diferentes de relacionar unidad y diversidad.


Pero todavía nos falta contemplarlas simultáneamente.


Sólo entonces podremos observar el paisaje completo que constituye el punto de partida de nuestra investigación y plantear nuevamente la pregunta que comenzó este recorrido:


¿Por qué el cristianismo produce diversidad sin dejar de ser cristianismo?


Carolus Brigantinus Barbatus


Agosto 2026

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