27 jun. 2012

Me gusta la gente inteligente

El concepto de "inteligencia" tiene muy buen ver. Se aprecia, engalana y da esplendor. Además tiene la gran ventaja de que se puede aplicar a pobres, jubilados y otra gente de fortuna, y por lo tanto resulta más democrático que, por ejemplo, "tener estilo".
Pero veamos un poco a que nos referimos cuando adjudicamos a alguien el susodicho concepto. Se supone que la conducta inteligente se manifiesta como la capacidad de responder con eficacia y pertinencia a cualquier situación novedosa o problemática. También la capacidad de inventar nuevas reglas cuando las presentes no funcionan bien, y por supuesto, la capacidad de sacar provecho de situaciones fortuitas, algo que específicamente también recibe otro nombre, no tan elogioso: oportunismo.
Por último la palabra "inteligente" puede describir aquel que es hábil para distanciarse de los problemas particulares, encontrando en ellos pautas o modelos que pueden explicar la causa de éstos en múltiples circunstancias. Sería este último concepto el más cercano a una inteligencia científica, ya que la ciencia busca siempre obtener ese resultado.
Ahora bien, al lector no se le escapa que este pequeño artículo está escrito con cierto tono irónico, y por lo tanto, ligeramente distante. Para decirlo con otras palabras: al autor no le convence demasiado el uso del término; o por lo menos su uso tan difundido y habitual. ¿Es éste artículo más inteligente, por efecto de esta "distancia" psicológica que manifiesta?
Recuerdo que dos investigadores israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky descubrieron ya hace bastante tiempo que nos comportamos a menudo irracionalmente. No somos tan lógicos como suponemos, y hasta los más inteligentes suelen dar respuestas radicalmente diferentes al mismo problema, cuando está planteado en términos ligeramente distintos.
Nuestras emociones intervienen decidiendo que dejar que mueran, por ejemplo el 20% de los enfermos, si se salva el 80% puede ser un riesgo asumible. Pero cambia nuestra decisión si nos hablan de dejar que mueran 20 personas, con nombre y apellido, aunque se salven todas las demás.
Y aquí la inteligencia, tal como antes fue definida, no tiene mucho que decir. Sobre todo si alguna de esas veinte... son amigos o familiares nuestros.
Nos agrada elogiar a los que nos caen bien: "a nadie amarga un dulce" sentencia la sabiduría popular. Me parece una conducta inteligente. Pero si pensamos un poquito en nuestro "elogio" es posible que nos quedemos con una sensación de confusión. Quizá tal análisis no sea algo apropiado en las circunstancias cotidianas. O con otras palabras: no sería inteligente hacerlo.