9 dic. 2009

Utopías modernas

Leo en el, por diversos motivos excelente libro que hace poco he descubierto, del autor John Gray, "Misa Negra" (Paidós, Bcn, 2008), esta sugestiva reflexión:

"Para la mente utópica, los defectos de toda sociedad conocida no son síntomas de los defectos de la naturaleza humana, sino marcas de una represión universal que, no obstante, pronto tocará a su fin. La historia es una pesadilla de la que debemos despertar, y cuando lo hagamos, nos daremos cuenta de que las posibilidades humanas son infinitas. Calificando los proyectos utópicos de simples ejercicios defectuosos de decisión política se pasa por alto su auténtica naturaleza. Se trata, más bien, de productos de una determinada visión del mundo que, antaño, se encontraba únicamente en las sectas religiosas y revolucionarias, pero que, durante un tiempo, arraigó con fuerza en los gobiernos occidentales: la creencia de que la acción política puede originar una modificación de la conducta humana" (op. cit. pp.37-38)

La mentalidad utópica, que cifra en un futuro más o menos lejano, alcanzado luego de dolorosos y épicos esfuerzos, un estado de felicidad o de mejora radical de nuestras condiciones de subsistencia, es común a la religión y a la política. Sin embargo son muchos los que no advierten esta relación y piensan que la línea divisoria esencial pasa por "dónde" se sitúa ese paraíso previsto: si es en el "cielo", en otra vida después de la muerte... es religión; pero sí el paraíso está en la Tierra, en esta vida, entonces es política.

En realidad la utopía crece con mayor fuerza en algunas situaciones de cambio radical, donde todo parece posible. Nuestra época es una de ellas, y suele vestirse, salvo en el caso de los islámicos, los judíos radicales y los cristianos neocon, con hábitos políticos (hábitos laicos, pero no menos utópicos).

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