19 dic. 2009

¿Hablan los hechos? O tenemos que torturarlos para que digan algo.

"De un bote de pulgas que tiene ante sí, el célebre experimentalista Van Dulmoholtz toma una cuidadosamente, le arranca suavemente las patas traseras y le manda en voz alta que salte. Observa que la pulga no se mueve y lo vuelve a intentar con otra. Cuando se han acabado las pulgas del bote, hace su estadística y concluye satisfecho que las pulgas tienen el oído en las patas traseras" (John Allen Paulos, "El hombre anumérico" Tusquets, Metatemas 20, Barcelona, 1990, pág. 111)

Obviamente el "célebre experimentalista" no existe y lo anterior es una broma, pero la usa muy bien el autor para explicar los fallos en el razonamiento "Refutar la afirmación de que algo existe es a menudo muy difícil. Y también a menudo se toma esta dificultad como prueba de que la afirmación es cierta" (ibid. 112).

Un ejemplo de falacias por el estilo podría encontrarse en aquel que afirma la existencia de los gnomos, u otros seres fantásticos, basándose en que no se puede probar que no existan.

Conocía el chiste del principio en otra versión: Un experimentador, muy seguro de que los hechos "hablan por si sólos", cogió una cucaracha, la puso en un extremo de la  mesa y desde el opuesto se puso a llamarla dulcemente "ven cucarachita, ven, ven..." y efectivamente el bicho se movió hacia él. Nuestro investigador anotó pulcramente la velocidad del desplazamiento. Luego le quitó una pata, la puso en el mismo lugar y volvió a llamarla. La cucaracha se acercó, pero claro, más lentamente. Volvió a registrar el nuevo dato. Y así lo hizo hasta que le arrancó las seis (obviamente el experimento tardó mucho porque el pobre insecto con dos, y no digo con una, zigzagueaba como un borracho). Una vez sin sus patitas, volvió a llamarla... y a pesar de sus demandas el pobre animal ni se movió del lugar. Así que nuestro investigador también registró el nuevo hecho.
Con todos los datos en la mano, y luego de reflexionar cuidadosamente sobre ellos, llegó a la siguiente conclusión (que consideró inatacable): La velocidad de un insecto es directamente proporcional a su número de patas. Y cuando éstas desaparecen, se queda sordo.

Ya se sabe, pues, que los hechos hablan por sí mismos :-)

9 dic. 2009

Utopías modernas

Leo en el, por diversos motivos excelente libro que hace poco he descubierto, del autor John Gray, "Misa Negra" (Paidós, Bcn, 2008), esta sugestiva reflexión:

"Para la mente utópica, los defectos de toda sociedad conocida no son síntomas de los defectos de la naturaleza humana, sino marcas de una represión universal que, no obstante, pronto tocará a su fin. La historia es una pesadilla de la que debemos despertar, y cuando lo hagamos, nos daremos cuenta de que las posibilidades humanas son infinitas. Calificando los proyectos utópicos de simples ejercicios defectuosos de decisión política se pasa por alto su auténtica naturaleza. Se trata, más bien, de productos de una determinada visión del mundo que, antaño, se encontraba únicamente en las sectas religiosas y revolucionarias, pero que, durante un tiempo, arraigó con fuerza en los gobiernos occidentales: la creencia de que la acción política puede originar una modificación de la conducta humana" (op. cit. pp.37-38)

La mentalidad utópica, que cifra en un futuro más o menos lejano, alcanzado luego de dolorosos y épicos esfuerzos, un estado de felicidad o de mejora radical de nuestras condiciones de subsistencia, es común a la religión y a la política. Sin embargo son muchos los que no advierten esta relación y piensan que la línea divisoria esencial pasa por "dónde" se sitúa ese paraíso previsto: si es en el "cielo", en otra vida después de la muerte... es religión; pero sí el paraíso está en la Tierra, en esta vida, entonces es política.

En realidad la utopía crece con mayor fuerza en algunas situaciones de cambio radical, donde todo parece posible. Nuestra época es una de ellas, y suele vestirse, salvo en el caso de los islámicos, los judíos radicales y los cristianos neocon, con hábitos políticos (hábitos laicos, pero no menos utópicos).